Consciencias


 

consciencias

 

Hemos llegado al crepúsculo neutro
donde el día y la noche se funden y se igualan.
Nadie podrá olvidar este descanso.
Pasa sobre mis párpados el cielo fácil
a dejarme los ojos vacíos de ciudad.
No pienses ahora en el tiempo de agujas,
en el tiempo de pobres desesperaciones.
Ahora sólo existe el anhelo desnudo,
el sol que se desprende de sus nubes de llanto,
tu rostro que se interna noche adentro
hasta sólo ser voz y rumor de sonrisa.

Mario Benedetti

 

 

Conocía sus rutinas y cada uno de los detalles que las construían en el tiempo cotidiano del aliño. Antes de salir de casa, así fuese al colmado de la esquina a por pan y tabaco; también antes del reposo y del dormir. Le gustaba recrearse en una distante observación; la raya bajo cada ojo, el viejo pincelillo usado para alinear las cejas, aquellas muecas rutinarias ante el espejo, los pequeños círculos de crema blanca aplicada sobre las señales de la vida en el rostro, la charleta agradable que acarreaba todo aquello, la procesión de afeites y perfumes, el gesto de poner o sacar un pendiente; eterna y fascinante femineidad. ¿Cuántas veces habría repetido aquella estudiada usanza ante otros? ¿Repararían éstos siquiera en ello, aunque fuese tan solo una vez?  El amor ­–se dijo– tiene que ver con ciertas formas de consciencia.

 

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Romanza del hombre muerto


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        “Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.”

De “El hombre muerto”. Horacio Quiroga (1879-1937)

Emily se ha ido a cumplir con algún afán exterior, en tanto me voy poniendo al día de novedades y, por entretenerme y sin éxito alguno, degluto uno tras otro caramelos de menta-melissa o menta-limón, según van saliendo de su bolsa, por olvidar el tabaco que me acompañaba desde casi el inicio de los recuerdos semiadultos. Hoy asombra recordar, la muerte tan sabida, la muerte que sin duda llegará, la muerte que pensamos aplazada; anclada en un horizonte que desde luego no es hoy, tampoco mañana; la muerte, cuando llegue la muerte…asunto cierto pero casi retórico; y así de repente te contemplas a ti mismo en decúbito supino sintiendo el final cierto, tu, que estabas charlando un instante antes con una copa en la mano y la sonrisa esa que gastas en los labios y los niños, cuanto crecen, por allí sueltos y alegres; en decúbito supino sólo se ven cabezas parlantes, semejan adustas y preocupadas, se muere vd. caballero; no decían eso, pero sí lo decían y el traqueteo de la camilla, mas cabezas, mas luces y mas prisas y sientes que te apagas, maldita sea, como el cabo de una vela y ese dolor que no se aplaca con nada por mas que te pinchan y te enchufan, el ronroneo áspero del motor mal ajustado de la ambulancia, no hay manera de llegar, de ver el final. Al cabo de todo eso no hay luces brillantes, ni parientes perdidos, ni música celestial, hay oscuridad y una extraña resignación con la que nunca hubieses contado, apenas importa nada porque es el fin. Tú, tal como eres y ni siquiera piensas en proveer para los pequeños, que queden bien, que no les falte de nada; ni eso puedes pensar ya, te estás apagando.

“Oiga amigo, ponga una mano bajo su culo, que la camilla es muy estrecha y se puede caer”; el tipo aquel, el preboste, no era amable pero poseía el don del perdón y la habilidad de resucitar muertos. Llegué allí con una soga al cuello, mas el amo hizo un gesto, desfallecí dos veces, me dijeron luego, pero el preboste, el señor, decidió mostrarse gracioso, mandó retirar la soga y otorgó el indulto. Recibí una conminación: “y ahora no fume mas”, yo ya no era el hombre muerto, caminaba hacia una cierta prevención orgánica de revisión y asiento de ánimo y fluidos; luego, días después, me depositaron en la calle; vivo, pues, indultado como un morlaco sobresaliente, conocedor del súbito llamado de la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

“El golfista complaciente” una novela de Luis R. Cao.


Luis Cao

“Porque el tiempo es una fronda viva, maleable, sólo igual a sí misma, sin principio ni fin, sin un norte al que orientarnos. No hay dirección ni camino por el que transitar porque todo puede suceder o no suceder nunca.”
De El golfista complaciente. Luis R. Cao

Después de “Vendrá la muerte y dirá mi nombre”, Luis R. Cao (Lugo, 1957), nos ofrece con su “golfista complaciente” (Zarabanda edicións, 2015) un delicioso ejercicio de de placeres sobrevenidos, los mismos que se conceden a aquel que decide desde muy joven no pelearse con la vida. Sutil erotismo y también hedonismo del que se permite dejarse amar. Esto podría ser todo si no se tratase de Cao, claro; sus novelas siempre buscan la intensidad de las esencias del comportamiento humano y cualquiera sabe que nada es sencillo y que todo acto a la postre causa dolor propio y ajeno. Ahí encontramos los absurdos del vivir que amamos y denostamos a partes iguales con sentido de diletante sobrealimentado.
“El golfista” resulta ser así una delicia para los sentidos siempre atenta al temor que producen en nosotros las transgresiones y las arduas consecuencias que planean sobre el sujeto que se sabe inmerso en el sentimiento de los demás. Esos “otros” que siempre existen, que están ahí con su pensamiento erróneo y su deseo de poseer lo que nunca les debiera haber sido otorgado.
Es, así, la vida que ocurre y acarrea consecuencias, que trae plenitud y también vacío. Toda una lección aplicada, obra de un escritor que es músico y psicólogo y tantas otras cosas mas sin las cuales no podría ser como es, ni escribir como escribe, aunque a veces le gustaría negarlo. No es cosa de perdérsela.

De incomodidades e indisposiciones


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La incomodidad y sus razones, aquella maldita manera de mostrarse analítico sin ninguna necesidad, tal vez el pantalón demasiado estrecho que le oprimía inmisericorde la cintura, el sol tropical intuido mas allá de la sombra benefactora acompañada de ron refrescado con cicatería por el peor de los mesoneros de la Habana, la largura de un viaje que en realidad había deseado emprender casi con anhelo de insustancial mequetrefe desde hacía ya bastantes meses y que ahora se había tornado plano como de dique seco exento de industria y humedad. Un ser amurado a un malecón sintiendo incomodidad, qué diletante majadería. Estaban además aquellas caderas como de ensoñación lúbrica que, al pasar, tan mal casaban con el rendido amor que se debía a su incipiente matrimonio; incomodidad porque de nuevo se hallaba sumido en aquella especie de carrusel demente del que nunca había sabido como bajar.

 

 

 

 

Cinema


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El cine liberador, una manera deliciosa de paliar por hora y media el dolor de vivir. Aquella película canicular de Rohmer, Pauline a la plaje, que giraba en torno a la espera del llamado amor verdadero. Casi podía suscribir el viejo aserto según el cual en cualquier historia siempre hay uno que da mas puesto que, sin ambages, ama mas. En aquel filme todos parecían aguardar la llegada de una especie de encuentro sincrónico con un ser que de inmediato sentiría idéntica atracción, el mismo deseo y similar grado de enamoramiento que el que aguarda, de manera necesariamente instantánea y con visos de eternidad. Naturalmente, aquellos diletantes playeros perdían el tiempo.

Ausencias


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Habré de levantar la vasta vida 
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde
.

Ausencia – Jorge Luis Borges

Leyó por casualidad “tardes que fueron nicho de tu imagen…”, el viejo Borges siempre pertinente, casi exacto y por veces esencial. Hay tardes así, dominadas por la memoria y contadas añoranzas, tardes pobladas por el desconcierto que causa la ausencia que se sabe inevitable. Y luego observar alrededor, la canícula implacable, tanto ser irrelevante para ti, la nadería de una hora tras la otra, el rumor de las conversaciones de niños a los que hay que entretener; esperar impaciente que venga el camarero, que traiga la comanda, luego el café y la cuenta y siempre tardando. Conducir al atardecer hacia lugares prescindibles que no deseas ni ver, ni pasear, ni guardar en la memoria. Si, la ausencia obligada es mala cosa, causa distimia y malas digestiones, arruga el alma, pudre los conceptos, exaspera malamente la existencia y luego nada, mañana…poco mas.

De sumideros vitales


Pitfall

Las mujeres viven mal, generalmente son depositadas por la vida en el fondo de una inmensa trampa de caída tipo Pitfall, en las que, tras deslizarse por el embudo de succión, no existe manera humana de regresar a la superficie y a la libertad. Se habla de emancipación y acceso al mundo del trabajo liberador, bien, pero en tanto, y a la vez, deban subvenir a toda necesidad, por estúpida que sea, de la prole, del varón, de la familia política o del gremio de chamarileros del hospicio revenido, también atender a la senecta vejez de las tías de México, póngase por caso, continuarán permaneciendo a buen recaudo, bajo el embudo y a la orden de lo que se les quiera demandar. No lo tienen fácil, probablemente nunca lo han tenido. Nos hablarán de mujeres malvadas, de seres abyectos e interesados, nos hablarán también de infidelidad y conductas acomodaticias al socaire del adinerado, todo eso, amén de suponer estricta justicia, mueve a risa, es generalmente falso, abunda lo contrario; esto es algo tan esperable y natural como saber que tras la primavera vendrá el verano. No hay mas que preguntarse a quién se le demandaba la cena y el aliño en la niñez o por quién se llamaba desde lo oscuro cuando asediaba la fiebre…mamá y solo mamá, es un hecho casi general. El peso ingente del hormiguero orgánico que supone cualquier hogar planea perversamente sobre mentes a las que se les niega el verdadero reposo. Lo esencial y diferente del tiempo que ahora toca es que el hartazgo femenino ya no está penado por el código civil y volar siempre ha resultado endiabladamente atractivo.

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