Curso en la extensión universitaria de la UNED: Una taxonomía del pensamiento liberal, de los orígenes a nuestros días


En abril impartiré este curso (1 crédito ECTS) en dos sesiones, los días 14 y 21, será en streaming y también en diferido, estaría encantado de contar con vosotros:

Inscripción: https://extension.uned.es/actividad/idactividad/24205

“Sesenta semanas en el Trópico” unos años después…


Recuerdo que la primera edición de este libro se convirtió en un verdadero revulsivo interior para mi. Nunca la economía política me había llegado a penetrar tanto y lo hizo desde aquellos primeros párrafos inolvidables donde el maestro Escohotado daba cumplida cuenta de un profundo viaje interior, renunciando a lo querido por lo irreemplazable. Aprendí mucho de aquella experiencia, con paralelos a tantos de nosotros. Tanto es así, que quise contarlo en la columna dominical que por entonces mantenía en “El Correo Gallego”. Ahora podemos disponer de una nueva edición revisada, estamos, pues, de enhorabuena.

Aquí les dejo el artículo de entonces, creo que de 2005:

“No veo, pues, que haya sido superado el prejuicio que concede a los regímenes definidos, en pura teoría, como progresistas, una inmunidad especial, que les dispensa, a la vez, de la democracia, del respeto de los derechos del hombre y de asegurar la subsistencia de los súbditos” ( Jean-François Revel: El conocimiento inútil)

Disfruto de unos días de semi-asueto en los que me hubiera gustado escaparme a Málaga a empaparme con ganas del ambiente de procesiones, viznaga y pescaíto frito, mirando mucho y pensando lo imprescindible, como solía hacer en la primera juventud. Pero no, esta vez me he quedado varado en casa y aunque sea por un buen fin, no puedo evitar un punto de melancolía que procuro empañar con algo de bossa-nova de fondo, un chorrito de buen whisky con cola y la lectura activa del último libro de Antonio Escohotado. Sesenta semanas en el trópico que es como se ha dado en llamar su última incursión literaria, merece una lectura pausada y liberada de obligaciones acuciantes. La verdad, nunca consigo obtener del todo ese estado prenirvánico, mas bien leo a salto de mata y cuando nadie me echa en falta, cosa que ocurre sólo en los tiempos muertos del día o cuando, por fin, todo el mundo se va a dormir, pero aún así disfruto enormemente de los párrafos que voy pudiendo leer casi clandestinamente. Con los ensayos y, ahora, diarios de Escohotado me ocurre lo mismo que con las novelas de Juan Marsé, los siento tan cercanos como si nos hubiésemos criado en el mismo barrio y hubiéramos recibido juntos las primeras letras, justo lo que no me ocurre tan a menudo con los que de verdad compartí esas circunstancias, hecho que confirma, por fortuna, que el pensamiento es libre, no tiene edad ni, por suerte, patria alguna, aunque tantos aquí y allá se empeñen en que uno debe pensar de tal o cual manera porque “pertenece a un grupo por nacimiento”, como si alguien tuviese el poder de elegir desde el mismo seno materno donde nacer, o su credo o la necesidad de poseer algún credo en especial. Lo que no es más que una “bagatela ilustre” como dejó dicho Voltaire, aunque muchos se ocupen de mantenerla, supongo que para conservar algún medio de vida disfrazado de ideales, en efecto, más cornadas proporciona el hambre que la poca vergüenza. Espinoza y Kant ya nos instruyeron con suprema honestidad de las ventajas de mantener la razón como única guía de pensamiento, pero un vistazo a los periódicos demuestra que seguimos sin hacerles el más mínimo caso, encomendando nuestras almas a todo cuanto gurú, santón o iluminado nos quiera convertir en dócil grei para, en el mejor de los casos, aligerarnos la cartera y en el peor conducirnos directamente al matadero, véase sino esa especie de Fort Apache en que se ha convertido nuestra Base España de Diwaniya.


El caso es que al bueno de Escohotado, entusiasta del cáñamo, se le ha dado esta vez por emprender un largo viaje a indochina con ocasión de un año sabático. A Escohotado lo supongo un tipo avisado y nada cándido, marchó a Tailandia con el corazón un poco roto por un reciente divorcio, cargado con su portátil, unos cuantos libros de economía política y el imprescindible CD de la Britannica en la mochila, amén de su nueva pareja y el retoño fruto de ese gratificante amor tardío. Supongo que también preparado para las previsibles incomodidades tropicales. Sin embargo, parece que Indochina superó todas sus expectativas sobre lo que podría allí encontrarse un honesto intelectual occidental. Amén de un clima infernal, donde si no te mata la bronconeumonía ocasionada por el aire acondicionado, lo hace la humedad del monzón permanente que favorece que hongos como melones germinen en la ropa que guardas en el armario, lo que más sorprendió a nuestro filósofo es que, debido a su piel blanca, se había convertido inevitablemente en un “Farang”, nombre que los Thai aplican a todo occidental, aunque originariamente debe provenir de farangset o sea français. Un Farang es en indochina una especie de imbécil rico que debe mantener una inflexible “cortesía con el nacional” que implica, entre otra lindezas, pagar entre tres y seis veces más que un tailandés por cualquier servicio, léase hotel, taxi, litro de gasolina o una simple cerveza. Esto, que puede resultar enojoso unos cuantos días de vacaciones se vuelve insultante si uno se ha de pasar un año en el trópico, lo que unido a la contemplación de gente occidental obesa y triste en busca de niñas prostituidas sin compasión, o la certeza de que hasta los monjes budistas, cuyo mayor deseo debería ser según su credo ni siquiera haber nacido, llevan siglos fomentando la construcción de inmensos palacios-templo para su propio solaz, le vuelve a uno nihilista en el trópico, convenciéndole, de paso, que sólo democracias razonables, unidas a una cultura que merezca tal nombre, pueden cambiar las cosas en el mundo. Tiene gracia comprobar qué pocas cosas han cambiado desde que el bueno de Claude Levi-Strauss, harto de la sociedad occidental, marchase a convivir con los indios Nambiguara de Brasil, a la vuelta, horrorizado del comportamiento de sus amigos selváticos, quiso llamar Tristes Trópicos a su trabajo de campo. En este sentido, nada nuevo bajo el sol.

Acto de entrega de la medalla de oro “Sir John Moore” 2020


De aforo limitado por la pandemia, pero muy cálido en lo personal. Muy agradecido a los Green Jackets

Nos conceden la medalla de oro “Sir John Moore” 2020


Muy honrado y muy a gradecido

Mi visita a la exposición de Jesús Risueño. Naturaleza Viva


https://www.periodistadigital.com/cultura/arte-y-diseno/20201125/naturaleza-viva-exposicion-jesus-risueno-noticia-689404399845/?fbclid=IwAR1TyntX3ZivSk4t6DEiHL7aSPFugP158SoYpuU2s9gQ3wTKWnltdAxPMI0

Una muy amable crítica de Sartine


Viniendo de un marino, es siempre muy de agradecer, porque en novela histórica el rigor es un parti pris

¿Quién fue Isaiah Berlin?


Nuestra primera colaboración con el Canal UNED

https://canal.uned.es/video/5f0ed58f5578f24ecd4ea222

“Memoria histórica das vilas da Graña, da Cabana, Brión e San Felipe”


De la mano de la editorial ferrolana Embora, acaba de publicarse “Memoria histórica das vilas da Graña, da Cabana, Brión e San Felipe”, un volumen que cuenta con 28 colaboraciones en torno al intenso devenir histórico de estas villas que orlan la ría de Ferrol. En realidad, esta publicación es la quinta que, bajo la experta coordinación de Juan José Burgoa y Guillermo Llorca, dedica la editorial a Ferrol y su comarca, desde los barrios de Esteiro o A Magdalena, hasta el entrañable Ferrol Vello.

Se trata, pues, de un esfuerzo publicístico monumental, que, en su conjunto alcanza casi dos mil páginas, 102 temas monográficos y un centenar de autores. En nuestro caso, colaboramos en este quinto volumen con un artículo sobre el primitivo arsenal de A Graña, matriz y origen del gran arsenal y astillero de la monarquía en el occidente peninsular. En tiempos de tanta dificultad, estas valientes iniciativas son muy de agradecer, factibles solamente por la valentía de una editorial que es ya símbolo de la ciudad departamental y de dos intelectuales, Llorca y Burgoa, inasequibles a cualquier desaliento, siempre dispuestos a batirse por la cultura y la difusión de la historia de una ciudad que no ha tanto ha sido “el asombro de Europa” por su riqueza material e inmaterial. Bueno es que se recuerde y que se cultive

Cambios y permanencias en la España preconstitucional, 1808-1812


Algunas reflexiones sobre aquel “Imperio a la inversa” que se encontraron los Liberales de Cádiz en tiempos constitucionales. Es un viejo artículo con asunto contemporáneo, que, esperemos, dará pie a un nuevo libro al que estamos dando vueltas.

“Una monarquía fabricada con retazos patrimoniales de origen e interés dinástico, para formar una amalgama de difícil convivencia erigida en torno al fuero, el privilegio y el distingo institucional. En realidad, nada muy diferente a lo vivido en la vecina Francia, con la notoria salvedad que la Francia de Richelieu y Luis XIII no sufrió excesivos inconvenientes para congraciar con cierta facilidad intereses dinásticos y nacionales, puesto que en realidad eran los mismos: en el fondo se pretendía una Francia grande y unida, libre de la presión de los Habsburgo en sus principales fronteras.

Ahí les dejo el PDF.

Memoria de la diletancia en tiempos de peste


Tal vez convenga recordar en tiempos convulsos que en general, la intelectualidad occidental de la postguerra y el “pánico nuclear” semejaba también navegar en un mar de contradicciones, remisa a la hora de condenar las noticias que llegaban de las generalmente crípticas tierras comunistas. Entonces era la Unión Soviética, ahora Venezuela. Cuenta Romanelli (2008) el célebre aserto de Pier Paolo Passolini que aseguraba que los intelectuales italianos profesaban su fe en dos “iglesias” la católica y la comunista. Una especie de creencia laica según la cual la izquierda, hiciese lo que hiciese, no se podía equivocar, tal como glosó en su día el siempre polémico Jean François Revel en El conocimiento inútil -somos una sociedad del conocimiento, pero no parece que queramos utilizarlo en realidad-(1988). Muchos recordarán como los grandes santones de la intelectualidad occidental, desde Jean Paul Sartre, Antonio Gramsci o Herbert Marcuse a Noam Chomsky, casi siempre expresaron una evidente conmiseración, cuando no aplauso, con y por las políticas de la izquierda radical, a la vez que criticaban duramente los actos y la ideología capitalista y “explotadora” de los gobiernos occidentales. En palabras de Raymond Aron, la intelligentsia -palabra de origen ruso o polaco que significa algo así como “conjunto de jóvenes intelectuales rebeldes y con capacidad de influencia”-vivía muy confortablemente admirando los hechos de Mao o Fidel Castro desde sus mullidas butacas de la Sorbona o de Berkeley:

“Mi edad me concede el privilegio de evocar un tiempo ya pasado, el de los años treinta y los marxistas de Fráncfort. Estos ya mezclaban a Marx con Freud, denunciaban infatigablemente la República de Weimar, tan débil, tan amenazada, que no les parecía digna de sobrevivir. Cuando llegó la hora de Hitler, ellos, que atacaban a la sociedad capitalista incluso con mayor severidad que a la sociedad soviética, no vacilaron: fue en Nueva York o en California, y no en Moscú ni en Leningrado, donde prosiguieron, fieles al marxismo de su juventud, la crítica implacable del orden liberal”.

Claro que, como afirmaba el aforismo acuñado por el escritor y periodista Jean Daniel, para todo intelectual “siempre será mejor estar equivocado con Sartre que en lo cierto con Aron”. El peso del monismo, de la ideología; ¿cuántas veces más habrá de advertirse para que lo comprendamos? En plena guerra mundial, a George Orwell (1903-1950) le costó Dios y ayuda que Rebelión en la Granja viese la luz. No es que su hilarante crítica al sistema soviético fuese directamente censurada, fue algo peor, no alcanzó el interés de ningún editor “decente” porque para la intelectualidad británica la puesta en cuestión de la triunfante izquierda antifascista no tenía cabida en su pensamiento, había cosas que no se podían decir, la llamada mala conciencia pequeñoburguesa impedía censurar a la vanguardia ideológica que representaba el valiente camarada Stalin. Hacer lo contrario supondría, cuando menos, ser tachado de reaccionario e insensible imperialista, carne de capital, uno más de los miserables hijos de Monipodio. Al fin, como aseguraba el lema corregido que procuraba embellecer el frontispicio de la antigua granja Manor, luego bautizada por los gorrinos que la habían tomado por revolucionario asalto como la feliz e industriosa “Animal Farm”: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.

Publicada en 1947, Rebelión en la granja, la sátira contra el totalitarismo de George Orwell, analiza, quizás como nadie, lo que ocurre con el poder cuando éste se perpetúa a sí mismo; toda una alegoría en torno a la condición humana.

Ni las purgas y los gulags estalinistas, ni los sucesos de Hungría en 1956, ni la Primavera de Praga de 1968, parecieron empañar siquiera mínimamente su rendida afección por el socialismo real. ¿Cómo no recordar aquí -por significativa- la célebre polémica sostenida en las páginas de la revista Les Temps Modernes entre Albert Camus y Jean Paul Sartre? Ambos existencialistas y de izquierda, aunque Camus siempre rechazó ser tildado de existencialista, les separaba un matiz evidente; para Camus no era posible silenciar los excesos del socialismo autoritario; por ejemplo, la existencia de los campos de concentración estalinistas. Para Sartre, aquello era una traición “moralista” que hacía el caldo gordo al verdadero enemigo que era el capitalismo burgués, así de simple. Camus se quejaba amargamente en 1952 de la crítica que en la revista citada había hecho Francis Jeanson de su obra L’homme revolté (el hombre rebelde), en su opinión, una especie de “venganza literaria” dirigida por Sartre contra sus críticas a la represión estalinista. La respuesta de Sartre, para quien “todo anticomunista es un perro rabioso”, fue realmente vehemente e inequívoca, dedicándole a su viejo camarada párrafos tan sonoros como el siguiente:

“La existencia de estos campos puede indignarnos, causarnos horror; pueden obsesionarnos, pero ¿por qué habrían de embarazarnos?… Creo inadmisibles esos campos; ¡pero tan inadmisibles como el uso que, día tras día, hace de ellos la prensa llamada burguesa! Yo no digo el malgache antes que el turcomano; digo que no hay que explotar los sufrimientos infligidos a los turcomanos para justificar los que hacemos soportar a los malgaches”. Y terminaba: “Usted condena al proletariado europeo, porque no ha reprobado públicamente a los soviets, pero también condena a los gobiernos de Europa porque admitirán a España en la Unesco; en este caso, sólo veo una solución para usted: las Galápagos. En cambio, a mí, al contrario, me parece que la única manera de acudir en ayuda de los esclavos de allá es tomando el partido de los de aquí”.

En parecidos términos se expresaba su compañera Simone de Beauvoir:


“Completamente indiferentes a los 40,000 muertos en Sétif, a los 80,000 malgaches asesinados, al hambre y la misera de Argelia, a los pueblos incendiados de Indochina, a los griegos que agonizaban en los campos, a los españoles fusilados por Franco, los corazones burgueses súbitamente se partieron ante las desgracias de los prisioneros soviéticos”

 (La fuerza de las cosas)

Fotografía tomada en 1960 por el conocido fotógrafo de la Revolución Cubana Alberto Korda, de la entrevista celebrada ese año en la Habana entre Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre y Ernesto Ché Guevara. Las posturas políticas de la pareja Beauvoir-Sartre, eran entonces de nítido apoyo a la Revolución castrista.

Puede parecer una polémica de patio de colegio, centrada en el inútil “y tú más”, pero lo cierto es que la dialéctica intelectual marxista funcionaba, y sin duda aun funciona, exactamente así. Es decir, el comunismo real cometía errores flagrantes, pero eso no invalidaba en absoluto el ideal al que se rendía culto, esto es, la legitimidad de la lucha de clases y el materialismo histórico como tesis explicativa básica del devenir humano, lo demás era un sentimental moralismo que ofrecía cobertura a la alienante explotación del hombre por el hombre. Alguien llamo a aquello “mandarinismo intelectual”, pues se dijese lo que se dijese, aparentaba ser comúnmente aceptado.

Por lo demás, un occidente casi globalmente regido por un binomio formado por conservadores y socialdemócratas, sobre todo en lo que al viejo continente se refiere, aceptaba con complacencia las travesuras y boutades de la intelectualidad oficialmente reconocida, para crecer de forma económicamente satisfactoria en el desarrollo del estado del bienestar. Al menos esto no se podía negar, en occidente se vivía significativamente mejor, la presión permanente de la población proveniente del socialismo sobre las fronteras occidentales representaba el mejor testimonio de todo ello, el muro de Berlín, como una suerte de inútil puerta puesta al campo, estaba allí para atestiguarlo, los sitiados bajo el bloqueo berlinés, vivían mucho mas confortablemente que sus sitiadores.

En este contexto, solo unos cuantos parecían mantener cierta disidencia puramente liberal, lo que en algunos casos significaba simplemente llamar a las cosas por su nombre tratando de reflejar los datos que las cifras macroeconómicas y la misma historia estaban proporcionando a quien quería observar con cierta distancia o desapasionamiento. Huelga decir que en general no lograron en vida grandes adhesiones, parecían destinados, como ya se ha apuntado, a “vencer sin convencer”. Tal es el caso de Karl Popper o Raymond Aron.

Aron, compañero de pupitre en la École Normale de Jean Paul Sartre, siempre mantuvo una intensa polémica con su antiguo camarada –El comunismo es una versión degradada del mensaje occidental. Retiene su ambición de conquistar la naturaleza y mejorar el destino de los humildes, pero sacrifica lo que fue y tiene que seguir siendo el corazón mismo de la aventura humana: la libertad de investigación, la libertad de controversia, la libertad de crítica, y el voto– afirmaba ante el natural disgusto de Sartre. Mas aun, en un célebre capítulo de El opio de los intelectuales titulado “Hombres de Iglesia y hombre de fe”, juzga a la izquierda comunista, también, claro es, a los existencialistas como Merleau-Ponty, Beauvoir o el propio Sartre, como profesos de una religión secular, incluida su propia historia sagrada y su propia Inquisición.  Para Aron “el fin de la Historia”, en el caso comunista la sociedad sin clases, cuando no exista mas la explotación del hombre por el hombre, es una idea religiosa y además simplista. 

solo parecía preocuparse de mantener incólume su honestidad intelectual, mientras “todos los demás” habitualmente reunidos en los coquetos cafés de Saint-Germani-des-Prés, léase Sartre, Simone de Beauvoir, el brillante estructuralista Louis Althusser, Michel Foucault, y un enorme etcétera, se entregaban a la causa con manifiestos, conferencias y enardecidas visitas a las barricadas fabricadas por los estudiantes del mayo del 68, liderados por Daniel Cohn-Bendit, hoy aburguesado político en la confortable estela de Bruselas.

En opinión de Aron, la generalidad del electorado francés sabía distinguir el paroxismo fou formado por una suerte diversa de fidelistas, maoístas, trotskistas, “marcusianos”, guevaristas, etc, con la realidad de las cosas, que no era otra que el progreso alcanzado en el seno de las democracias liberales, que habían demostrado que “no hay incompatibilidad alguna entre las libertades y la riqueza, entre los mecanismos del mercado y la elevación del nivel de vida: por el contrario los mas altos niveles de vida los han alcanzado los países que tienen democracia política y una economía relativamente libre”. (De quoi disputent les Nations). Tal parece que al final el discreto discurrir del pensamiento de Raymond Aron ha envejecido mucho mejor que los estupendos fuegos de artificio de Jean Paul Sartre, el “segundo de su clase” en la escuela Normal, el primero siempre fue Aron.

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