“La guerra de Sir John Moore” ya disponible en Punto de Vista


 

Cuando en el cada vez más distante verano de 1986, ejercí junto a otros compañeros, por entonces recién licenciados en Historia Moderna, el trabajo de cicerone de algunos de los profesores ponentes en el primer Congreso de Jóvenes Investigadores en Historia, recuerdo cómo caímos al final de una tarde plomiza de domingo en el coruñés jardín de San Carlos que, naturalmente, formaba parte obligada de una visita a los lugares relevantes de la ciudad. Entre los sufridos turistas se encontraba Anthony Thompson, profesor en la inglesa Universidad de Keele, quien desde primera hora de la mañana y hasta entonces había soportado con estoicismo de gentleman, pero no sin cierto cansancio en el rostro, la desordenada sarta de explicaciones y contraexplicaciones, dudas teóricas y apoyos bibliográficos con las que la troupe de neófitos que tenía por acompañantes tratábamos de ilustrarle sobre cada palmo de las venerables piedras, reflejo de la historia coruñesa, que le hacíamos contemplar a cada paso. Hasta entonces sólo había encontrado algún consuelo en el intercambio de miradas de mutuo apoyo con el profesor genovés Gianni Revora, a quien su carácter latino le impedía mantener el hieratismo de su colega británico, y hacía tiempo que preguntaba con insistencia si sería posible abandonar la visita por un instante, antes de perecer de sed al menos. Thompson estaba ya a punto de olvidar todas las normas de cortesía que le habían sido inculcadas tras muchos años de paciente educación, para pasar a suscribir airadamente las más que razonables peticiones de su colega, cuando, para general sorpresa, se detuvo en seco, fijó la mirada en un punto indefinido del horizonte y comenzó a recitar con ojos húmedos por la emoción, en voz alta y como de memoria, la última estrofa del célebre poema que el frágil clérigo irlandés Charles Wolfe dedicara a sir John Moore, la misma que antecede e ilustra este párrafo, y que se podría traducir de esta manera:

“Despacio y tristemente lo depositamos / En tierra, con su sangre aún fresca y roja; / No alzamos ni una piedra, ni una línea grabamos, / Pero allí lo dejamos a solas con su gloria.”

A todos nos sorprendió bastante aquella repentina actitud, tan rara de ver en un sesudo especialista en historia de la guerra. Luego nos explicó que siempre había respetado profundamente la figura del teniente general Moore, a quien consideraba en muchos aspectos arquetipo del militar juicioso, de rostro humano, que resultó imprescindible para la salvación de una Inglaterra acosada por Napoleón. Sin embargo, no era solamente el haberse encontrado sin esperarlo ante el monumento consagrado en el Jardín de San Carlos a la memoria de su ilustre compatriota lo que le había emocionado de aquel modo. El motivo era bastante más sencillo, le había sorprendido extraordinariamente encontrar, grabados sobre una placa de mármol y en un lugar preferente de una ciudad española, los versos de Wolfe que había tenido que memorizar una y otra vez en su época de escolar. Por lo que pudimos entender entonces, el poema de Wolfe era para los ingleses lo que la canción del pirata de Espronceda para nosotros, un texto de referencia para los estudios de primeras letras. Circunstancia que un par de años mas tarde, confirmó John Elliott, premio Príncipe de Asturias, célebre autor de la España imperial, y entre otras obras de trascendencia, de la biografía más autorizada del conde-duque de Olivares, quien vivió una experiencia parecida cuando visitó la ciudad con motivo de los actos conmemorativos del centenario de la Gran Armada de Felipe II contra el inglés, la tristemente famosa Armada Invencible.

No sabía entonces que el azar me conduciría con el andar del tiempo, y por casualidad a ocuparme, aunque sea de forma sucinta y con afán casi meramente compilador, de la figura de sir John en su período hispano y especialmente de lo acaecido en sus últimos días, vividos como es sabido librando una cruenta batalla en las cercanías de la ciudad de A Coruña, antes de pasar a formar parte por su mérito del panteón de ilustres que Inglaterra recuerda con respeto en la londinense Catedral de San Pablo y, más importante aún, de la memoria colectiva de todo un pueblo, gracias a las virtudes didácticas de unos serventesios afortunados, los únicos de trascendencia que el irlandés Wolfe, escritor de salmos píos, compuso en su vida. Es por eso que ahora recuerdo con alguna melancolía aquellas amables escenas y deseo dedicar este trabajo a nuestros recordados y sufridos visitantes.

Además de un breve estudio biográfico y del análisis de la campaña británica en España (1808-1809) dirigida por sir John Moore y su peculiar retirada a través del Noroeste peninsular, exponemos aquí las circunstancias que rodearon los comienzos de la guerra de la Independencia en Galicia y especialmente lo sucedido en A Coruña en aquellos difíciles momentos. Nos pareció importante hacerlo así, pues muy a menudo la utilización, casi en exclusividad, de las fuentes estrictamente británicas por parte de la historiografía más difundida, a la hora de analizar este período presidido por la figura de sir John, desvirtúa un tanto, en nuestra opinión, la realidad de las cosas. Y, desde luego, si algo queda claro tras juzgar el proceder de Sir John Moore es que siempre, desde el principio hasta el final de la campaña, mantuvo firme su opinión de que la estrategia de aquella guerra en España estaba mal planteada desde el principio y que, mientras la situación continuara así, resultaba imposible obtener un éxito reseñable. Por ello centró todo su esfuerzo en salvar a su ejército, cosa que finalmente logró, aún a costa de su vida, planteando una batalla defensiva de excepcional nivel táctico. Por cierto que la reflexión metódica, la duda y la cautela eran elementos muy característicos de su forma de conducir un contingente militar, al menos cuando sir John ostentaba la máxima responsabilidad como oficial superior al mando, de hecho ya había mostrado una actitud similar en la campaña de Suecia. Muy distinta era su forma de proceder cuando cumplía órdenes de otros, por lo general bastante más decidida, como veremos en otros muchos casos, como en el de la campaña de Egipto o el de la guerra de la Independencia estadounidense.

 

También en Amazon.es

Muy pronto en Punto de Vista Editores: La guerra de Sir John Moore


Esto nos dice la editorial: El historiador Juan Granados aborda en esta sucinta obra una semblanza biográfica del general británico sir John Moore, con especial énfasis en sus dos últimos años de vida, que coincidieron con su campaña en el noroeste peninsular durante la guerra de la Independencia española (1808-1809), concluida con el célebre embarque del ejército británico en aguas del puerto de A Coruña, salvando así las opciones de victoria aliadas en la guerra contra Napoleón.

ATENTO A TUS PANTALLAS

sir john

“Utopía y Poder en Europa y América”. Tecnos, enero de 2016


Así se llama el libro colectivo, coordinado por Rafael Herrera, que incluye nuestro artículo: “Disimulado cautiverio”, la teocracia jesuítica del Paraguay (1609-1750); realidad y ficción en la “Tierra sin mal”.  Una reflexión sobre las reducciones jesuíticas del Paraguay, con el que hemos disfrutado mucho por asunto y compañía.

De incomodidades e indisposiciones


Panorama_of_La_Habana_(Amsterdam,_17th_century)

La incomodidad y sus razones, aquella maldita manera de mostrarse analítico sin ninguna necesidad, tal vez el pantalón demasiado estrecho que le oprimía inmisericorde la cintura, el sol tropical intuido mas allá de la sombra benefactora acompañada de ron refrescado con cicatería por el peor de los mesoneros de la Habana, la largura de un viaje que en realidad había deseado emprender casi con anhelo de insustancial mequetrefe desde hacía ya bastantes meses y que ahora se había tornado plano como de dique seco exento de industria y humedad. Un ser amurado a un malecón sintiendo incomodidad, qué diletante majadería. Estaban además aquellas caderas como de ensoñación lúbrica que, al pasar, tan mal casaban con el rendido amor que se debía a su incipiente matrimonio; incomodidad porque de nuevo se hallaba sumido en aquella especie de carrusel demente del que nunca había sabido como bajar.

 

 

 

 

Hablando de la Inquisición en Tiempo de Historia


Cuando no es oro todo lo que reluce, hablando de amor y sexo en la antigua Roma en Tiempo de Historia


Clic en el enlace inferior para aceder a texto y audio.

La última navidad de Otilo Stingler


caribe

“Poco influían en Scrooge el frío y el calor externos. Ninguna fuente de calor podría calentarle, ningún frío invernal escalofriarle. El era más cortante que cualquier viento, más pertinaz que cualquier nevada, más insensible a las súplicas que la lluvia torrencial. Las inclemencias del tiempo no podían superarle. Las peores lluvias, nevadas, granizadas y neviscas podrían presumir de sacarle ventaja en un aspecto: a menudo ellas «se desprendían» con generosidad, cosa que Scrooge nunca hacía.”

Cuento de Navidad, Chales Dickens

Cierta ambivalencia en disposición y sentimientos, molestias orgánicas en las honduras faríngeas y bastante laxitud anímica; aparentemente la singularmente alargada navidad de Otilo Stingler había transcurrido bajo la sensación de haber salvado alguna suerte de mobiliario frente a una previsible hecatombe vital. Y no obstante, persistían ciertas sensaciones inevitables, el mundo se le había poblado de satélites orbitando persistentemente en torno a su cabeza, elementos en realidad bastante molestos y esencialmente irrelevantes. Existía aquello de la lealtad al pasado y la lealtad al futuro y el dolor que conlleva, existía también la fatiga que causa el sufrimiento y no poder enmendarlo o no hacerlo del todo y sobre ello el hastío. Y no obstante, Stingler a fuerza de malas noches, caminaba hacia ciertos convencimientos mucho menos epidérmicos. Las malas noches avivan la consciencia, eso no se duda y en medio de aquellos viajes avivados por lo prostático, lo faríngeo y el tabaquismo, averiguó que llegado a la edad madura podía proclamar ciertos anhelos confesables y otros que no lo eran tanto. Uno podría verse uncido al yugo de las permanentes urgencias como un viejo buey castrón de piel gruesa y arrugada, aguijoneada mil veces por la crueldad del pastor, uno podría verse como una avefría cautiva del insolente cuco anclado en sus demandas, pero aún cabía soñar en la liberadora irresponsabilidad; soñar en la existencia de la valija escueta, en el sombrero de paja, en el trópico soleado, en la sabia labor adormecedora del ron añejo, en la benzodiacepina experta en bajar el telón con cierta dignidad y en probar a conciencia las permutaciones del amor que le venían de natural a cada paso por la vida; soñar, en fin, en la improbable egolatría.

A %d blogueros les gusta esto: