No standing any time


hule

Recordó aquellas mesas vestidas de hule estampado con grandes cuadros de azul desvaído y por partes mugriento. El enorme reloj de manillas y apliques imposibles que incomodaba en los cuartos y se volvía enojoso al mediodía y a medianoche. El aroma inolvidable de un guiso de pollo que embargaba el alma cada domingo hacia las dos de la tarde y la voz cálida de la abuela trajinando los últimos amaños en la cocina. El mundo, en realidad el orbe completo, era redondo entonces, ni siquiera un poco achatado, redondo nada mas; todo esto sucedía mucho antes de las primeras complicaciones, de la irrupción en su vida de caminos y laberintos bifurcados, de elegir mal; antes también del arrepentimiento y de causar y recibir dolor, antes, desde luego, de las dudas y de la casi permanente añoranza, de la incomodidad, del miedo, antes de todo eso. ¿Quién soy yo?  —se dijo— ¿Quién soy yo? Fuera de un saco de pulsiones mal avenidas y peor dispuestas, ¿Quién demonios soy yo? Un campo de hule, tal vez, de urdimbre compleja y restos de mugre dispuestos aquí y allá sin orden aparente, un cadáver o un semoviente garreando al pairo de la vida. “Y lo peor —pensó entonando un rictus casi gracioso con los resecos labios— es que en ocasiones semeja que me da igual”.

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