“Utopía y Poder en Europa y América”. Tecnos, enero de 2016


Así se llama el libro colectivo, coordinado por Rafael Herrera, que incluye nuestro artículo: “Disimulado cautiverio”, la teocracia jesuítica del Paraguay (1609-1750); realidad y ficción en la “Tierra sin mal”.  Una reflexión sobre las reducciones jesuíticas del Paraguay, con el que hemos disfrutado mucho por asunto y compañía.

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Una crítica de agradecer


Sartine y la guerra de los guaraníes

Visto en Linkedln, siempre se agradece:

Manuel Del Río Rodríguez has recommended your work as a Author of “Breve Historia de los Borbones españoles” and “Breve Historia de Napoleón” (2013) at Nowtilus ediciones.

»Juan Granados es un excelso novelista que consigue aunar dos extremos aparentemente imposibles: es a un tiempo entretenido, divertidísimo de leer, adictivo, y al mismo tiempo instructivo, entretenido, sabio. Detrás de sus novelas históricas se percibe, junto a la compleja tracería del artesano de la palabra, un amor y una pasión por el pasado que contagia a los lectores con facilidad. Reseñando libros tuve oportunidad de descubrir sus novelas de Sartine y su breve Historia de los Borbones Españoles, obras que recomiendo encarecidamente.»

“Sartine y la guerra de los guaraníes” presentada en el contexto de las jornadas de Novela Histórica de Granada


Clic en la imagen para acceder

“Disimulado cautiverio” la utopía jesuítica del Paraguay (1609-1750), realidad y ficción en la “Tierra sin Mal”.


Así será el título de la ponencia que nos llevamos al curso de la UNED de Ávila. Utopía jesuítica por un lado y el “making of” de la novela “Sartine y la guerra de los guaraníes”, por otro.  Ahí les dejo la presentación.

“Cuando Nicolás Sartine encontró a Anne de Groot…”


Fragmento de la novela “Sartine y la guerra de los guaraníes” Edhasa, 2010. En la imagen, fuerte de Colonia del Sacramento (Uruguay)

Era casi un grog, pero allí a pesar de estar aderezado con una buena cantidad de limón, todavía le llamaban ron. Bendito licor que le permitía liberar el pensamiento de ataduras y malas conciencias. Luego supo que a las melancólicas canciones que iba desgranando con dulzura la rotunda holandesa del Bom Tesouro se les decía modinhas. Desde su mesa en la esquina, apoyado contra la húmeda pared de cascote, sostenido por el ron y el aroma de su larga pipa de espuma de mar, el intendente había alcanzado un estado similar a la felicidad sosegada que se experimenta cuando el mundo rueda en orden y a plena satisfacción. Acompañada por los sones de las mandolinas, la voz de la mesonera devenida en cantante arrastraba siseante la extraordinaria musicalidad del portugués con gracia y profundidad.

“Tu não te lembras da casinha
Pequenina
Onde o nosso amor nasceu”

Le dio por pensar, entonces, que tal vez debiera hacer algo por su vida, por su futuro. Escribir siquiera a María Falcón, que era deliciosa y le quería bien. Pero siempre encontraba una excusa u otra para no hacerlo, otro trago de ron le ayudó a poner en claro aquello. Reconocía el valor de la letra, su capacidad para provocar actos, sabía —se dijo— que la virtud de la buena literatura era, en primera instancia, la música, después, sólo después, venía el remover de conciencias y la explosión de los sentidos. Y aún así no era suficiente, todos caminamos urgidos por las metáforas y el trabajo de orfebre, manoseando las palabras sin caer en la cuenta de lo poco que importan; aquí prima la realidad, lo único trascendente es vivir, tocar, palpar, oler, sentir la materia en la que se construyen las cosas, mientras todavía tengamos tacto. Lo demás es describir sombras reflejadas sobre la caverna del tiempo, soñar pieles y paisajes, lo demás es humo, no es nada. La vida, siempre la vida sobre el papel y los conceptos —se repitió casi susurrando—. Sartine sabía muy bien que nunca cambiaría un verso perfecto por la paz de aquel cafetín frente al Tirreno a la puesta del sol, así, a la vera eminente de Catalina Lassaletta, cuando le había hablado tal vez para siempre. Claro que su amor perdido iba, afortunadamente, diluyéndose en su ánimo y en su recuerdo. Para ello nada mejor que comprobar cada día lo ancho que era el mundo y la infinidad de bondades que podía ofrecer, por ejemplo, aquella cantante holandesa, de piernas eternas y finos tobillos. Al fin, había regresado aquella noche sólo por contemplarla de nuevo. Tal vez era demasiada hembra, una mujer muy grande, pero qué demonios, él también lo era y aquella dama extraña y perdida en el fin del mundo poseía una mirada verdiazul, de pupilas casi trasparentes, decididamente embriagadora.

El Bom Tesouro se había quedado vacío de parroquianos, apenas se dio cuenta, la holandesa dejó de cantar casi súbitamente y se acodó en la barra sujetando un porongo de yerba que le aclarase la garganta. El intendente creyó que, desafortunadamente, era ya tiempo de apurar su último ron y marcharse; pero una agria discusión entre la tabernera y su patrón, le animó a prolongar un poco más su estancia por ver en que paraba aquello, o mucho se equivocaba o la discusión tenía algo que ver con su presencia allí, tal vez, sólo tal vez, la cantante había reparado en él, con su aspecto un punto inquietante, de lobo solitario al acecho de lo que el río revuelto le pudiese traer.

“Ven, él no es mi dueño”, le pareció entender que le decía en aquel exótico portugués suyo, mientras le tomó la mano con delicadeza para sacarlo de allí. Caminaron en silencio a través de las quedas calles de Colonia, Sartine quiso decirle algo, tan sólo unas palabras que pudiesen confirmarle que la deseaba, que justificasen su presencia allí, pero ella no parecía necesitarlas, le abrazó fuerte la cintura, apretó su mejilla contra el pecho del intendente y le indicó la entrada de una casita de adobe pintada de colorado. Más tarde, perdido en su pecho suave y generoso, abandonado ya a los sentidos, el intendente entonó las palabras que siempre surgían de sí de forma espontánea, como una plegaria o un motete mil veces repetido: “me has salvado la vida”, ella sonrió y le besó de nuevo en los labios.

Sartine entre “Las mejores novelas según los historiadores”


“Las mejores novelas según los historiadores” así titula el Magazine de fin de semana del diario El Mundo un ránking de ficción histórica en el que se ha incluído nuestro Sartine entre glorias de la narrativa de todo tiempo, desde El nombre de la rosa de Umberto Eco o El Gatopardo de Lampedusa al Ivanhoe de Walter Scott o el YO Claudio de Graves. Mejor compañía no se puede tener. Como digo siempre, estas cosas animan a seguir, si no estiviésemos más que animados ya. Desde este enlace pueden descargar el PDF con el artículo completo.

 

Entrevista sobre Sartine y la narrativa histórica con José Miguel Giráldez (Sartineando a conciencia)


Hoy me he topado por casualidad con esta entrevista que me había hecho hace más o menos un año el periodista José Miguel Giráldez con ocasión de la Semana Auria de narrativa histórica. La verdad, no es fácil dar con un entrevistador que te comprenda tan bien, creo que es de lo mejor que me han hecho, aquel día “sartineamos” a conciencia…

(Haga click sobre la imagen para acceder a la entrevista)

 

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