À la recherche du temps perdu


Beach“[…] para dar a conocer la verdad no es necesario decirla, y quizá podamos captarla con mayor certidumbre, sin necesidad de esperar a las palabras y sin siquiera tenerlas mínimamente en cuenta, en mil señales externas e incluso en determinados fenómenos invisibles, que son, en el mundo de los caracteres, lo mismo que los cambios atmosféricos en la naturaleza física. Quizá podría haberlo sospechado, pues yo mismo, a la sazón, solía decir a menudo cosas totalmente ajenas a la verdad, mientras la daba a conocer mediante tantísimas confidencias involuntarias de mi cuerpo y de mis actos”.
(del volumen III de ‘En busca del tiempo perdido’ Marcel Proust)

Fue verano presidido por una suerte de ideas casi obsesivas, pensamientos divergentes, imágines de hastío y esperanza que tenían que ver muy habitualmente con dos asuntos simbólicos y mas bien abstractos: la libertad y la desnudez. Cavilaba en aquel tiempo en torno a la brevedad del gozo puesto en relación con la plomiza realidad que segmenta cruda, insanamente, los efímeros instantes de plenitud que adornan la vida de quien los alcanza. Tal vez demasiado esfuerzo para tan poco, tal vez excesivo afán, absurda pretensión destinada a descubrir apenas las migajas de la felicidad. Toda una vida empeñada en el pago de letras, la crianza, el desasosiego, el miedo al mañana, el romo conservadurismo y el proveer. Se había equivocado, mas le valiera vivir desnudo, despojado de todo y atento a la vida. Sobrevivir en torno a la amable piel de la compañera, hacerse primo del Sol, proveer somero sustento y cobijo, mejor si es con menos de lo necesario y hallar el tiempo perdido a la vera del mar y del amor sin límites, la vida bajo tu mando y la arena como cálido reposo.

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