Romanza del hombre muerto


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        “Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.”

De “El hombre muerto”. Horacio Quiroga (1879-1937)

Emily se ha ido a cumplir con algún afán exterior, en tanto me voy poniendo al día de novedades y, por entretenerme y sin éxito alguno, degluto uno tras otro caramelos de menta-melissa o menta-limón, según van saliendo de su bolsa, por olvidar el tabaco que me acompañaba desde casi el inicio de los recuerdos semiadultos. Hoy asombra recordar, la muerte tan sabida, la muerte que sin duda llegará, la muerte que pensamos aplazada; anclada en un horizonte que desde luego no es hoy, tampoco mañana; la muerte, cuando llegue la muerte…asunto cierto pero casi retórico; y así de repente te contemplas a ti mismo en decúbito supino sintiendo el final cierto, tu, que estabas charlando un instante antes con una copa en la mano y la sonrisa esa que gastas en los labios y los niños, cuanto crecen, por allí sueltos y alegres; en decúbito supino sólo se ven cabezas parlantes, semejan adustas y preocupadas, se muere vd. caballero; no decían eso, pero sí lo decían y el traqueteo de la camilla, mas cabezas, mas luces y mas prisas y sientes que te apagas, maldita sea, como el cabo de una vela y ese dolor que no se aplaca con nada por mas que te pinchan y te enchufan, el ronroneo áspero del motor mal ajustado de la ambulancia, no hay manera de llegar, de ver el final. Al cabo de todo eso no hay luces brillantes, ni parientes perdidos, ni música celestial, hay oscuridad y una extraña resignación con la que nunca hubieses contado, apenas importa nada porque es el fin. Tú, tal como eres y ni siquiera piensas en proveer para los pequeños, que queden bien, que no les falte de nada; ni eso puedes pensar ya, te estás apagando.

“Oiga amigo, ponga una mano bajo su culo, que la camilla es muy estrecha y se puede caer”; el tipo aquel, el preboste, no era amable pero poseía el don del perdón y la habilidad de resucitar muertos. Llegué allí con una soga al cuello, mas el amo hizo un gesto, desfallecí dos veces, me dijeron luego, pero el preboste, el señor, decidió mostrarse gracioso, mandó retirar la soga y otorgó el indulto. Recibí una conminación: “y ahora no fume mas”, yo ya no era el hombre muerto, caminaba hacia una cierta prevención orgánica de revisión y asiento de ánimo y fluidos; luego, días después, me depositaron en la calle; vivo, pues, indultado como un morlaco sobresaliente, conocedor del súbito llamado de la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

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