El escritor Manuel Cortés reseña El Gran Capitán


Gracias, querido amigo, espero saber corresponder, claro que sí.

Blog de Ouro 08


Memoria, todo corazón y raza creativa, nos regala un premio. Esto ocurre justo cuando apenas actualizamos,  no siempre resulta posible a no ser que se nos conceda el raro don de permanecer en misa y repicando. Pero bueno, una vez un veterano inspector, jefe y sin embargo amigo, me dijo: “Juanito, es bueno que de vez en cuando nos concedamos un homenaje, que si es por éstos…” supongo que saben a quienes se refería, a los mismos que Albert Camus señalaba con el dedo por llegar a Oran nada más terminada la peste, vestidos de gala, banda de la república francesa al traves, para llorar a los difuntos con duelo y aflicción antes de la comilona oficial, “¡nuestros muertos!” y toda aquella monserga. Pues eso, no esta de más que la población de brega y aligere fiscal nos autohomenajeemos de vez en cuando, así que gracias y hasta siempre, querida amiga.

Y ya puestos, me gustaría trasladar el premio a mi buen amigo Gonzalo Martín, de “La nueva industria audiovisual”, sus contenidos permanentemente actualizados enseñan más de ese mundo que cualquier tratado al uso, pero es que además, no menos importante, proporciona gracia y entretenimiento, esto es lo difícil.

Vicky Cristina Barcelona, o lo que cada uno perdimos alguna maldita vez.


Juan Antonio: “Maria Elena always said unfulfilled love is the only romantic love.”

Hirsuta escapada dominical en pos de la última de Woody. Los que entran en esta casa sin llamar ya sabrán de ciertas filias que jamás se esconden, Allen es siempre bienvenido haga lo que haga, aunque, tal vez, su gran momento haya pasado. Vicky Cristina etcétera no alcanza, claro está, la redonda expresividad de Annie Hall o Hannah y sus hermanas, ni siquiera la evidente clarividencia en su dictamen sobre las relaciones conyugales que pudimos contemplar en la fantástica “Maridos y mujeres”; pero merece la pena pagar la entrada, vaya que sí. Lo he leído todo en cuanto a crítica, es decir, el tópico hispano trasladado a Barcelona, ese maravilloso “entre dos aguas” de Paco de Lucía, los exteriores previsibles y postaleros, el poco afortunado doblaje de Bardem, diálogos más bien planos, apenas dignos del maestro de Manhattan. Vale, algo de eso hay, pero yo he disfrutado igualmente. Será, tal vez, porque pasé buena parte de mi infancia en Barcelona, la ciudad de mi padre, que nunca me canso de contemplar. Oigan, esas imágenes del Tibidabo, que sigue tal cual lo dejé en la niñez, con esa especie de bombardero Junkers de pega sobrevolando eternamente el maravilloso planeamiento de Ildefonso Cerdá. O Pedralbes, tan cerca de la casa de la abuela, o el Modernismo, que será tópico unirlo a la imagen de la ciudad, pero vaya tópico más lucido, con las obras de Puig i Cadafalch, cuyos postulados ideológicos a favor del progreso y la renovación en la arquitectura, como la utilización del hierro en la construcción, Iniciaron un espléndido camino, o Lluis Domènech i Montaner autor de buena parte de los edificios más representativos del modernismo barcelonés, como el Café Restaurante de la Exposición Universal, bautizado por el público como el Castell dels tres Dragons, la casa Lleó Morera o el extraordinario Palau de la Música Catalana, un verdadero ejercicio de exuberancia decorativa, dentro de la concepción de “obra total”, tan cara al Modernismo. O Gaudí, claro, que volvió universal el estilo haciéndolo “su” estilo, es normal que aparezca todo esto, lo mismo hace Woody cuando retrata New York, no se va a fotografiar, precisamente, la Avenida de las Américas cuando ésta llega peligrosamente al Bronx,.

Pero al margen y sobre todo, Allen sobresale cuando se ocupa de averiguar lo que cada uno de nosotros escondemos casi inconscientemente bajo la piel. Y de estos secretos, uno de los principales es lo incomprensible de los afectos. Realidad que ni el amigo Punset sería capaz de explicar, que nos conduce en ocasiones a mantener sentimientos verdaderamente confusos y nada racionales en torno a aquellos que va poblando nuestra vida. Siempre aparece quien todo lo da y, a cambio, apenas significa algo, frente a quien ha estado alguna vez, casi a regañadientes, cuyo recuerdo nada puede borrar. Será cosa de hormonas o de sinapsis neuronales, pero es radicalmente así. Cuando Rebecca Hall, por cierto, excelente actriz, toma el avión de regreso a New York en compañía de su flamante y perfecto marido, sabe, por supuesto que lo sabe, que deja tras de sí lo irremplazable. Demonios, todos hemos pasado por eso alguna vez, ahí reside la grandeza de Woody y la razón de una película que harían bien en visionar, si no lo han hecho ya.

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