Planeta de Agostini publica “El Gran Capitán” dentro de su colección. “Lo mejor de la Nueva Novela Histórica”


A partir de hoy podrán encontrar en quioscos y librerías mi novela “El Gran Capitán” también en la versión que acaba de editar Planeta de Agostini para su nueva colección de narrativa histórica. Ya sabrán que se trata de de una selección de 60 novelas recientes, muchas de ellas previamente publicadas por Edhasa, muy bien presentadas, en tapa dura y a un precio excelente.

Como es natural, uno se alegra de que a sus hijos les vaya bien y gocen de larga vida, si me permiten, más en este caso, porque sigo creyendo que las peripecias vitales de Gonzalo Fernández de Córdoba merecen ser recordadas, aunque sólo sea para certificar nuevamente aquello de que el que resiste, mejor si es con ingenio y un punto de humor, gana. Bien que lo demostró, aunque fuese a costa de sufrir la cuartana y los desaires de un rey que parecía apreciar su bolsa más de lo debido.

De la Historia “evenemencial” o cuando nos hartamos de contar vacas


 

Ha sido tanto el influjo de la escuela de Annales sobre la universidad española, que hubo un momento, felizmente ya pasado, en el que sólo se podía hacer historia económica y social. Aquel agotador pseudocientifismo nos obligaba entonces a contar, recontar y volver a contar, ya fuesen defunciones, ya las vacas por habitante en la baja Bureba. Así, nos íbamos perdiendo la Historia, la de siempre, la que bien haríamos en disfrutar y recordar. En consecuencia, cuando uno ha de documentarse en torno a reyes, validos, princesas y arribistas, no puede buscar pasto en los manuales al uso, nada se dice allí sobre ello, están ocupados enteramente en demografías, cosechas y “mentalidades colectivas”. La solución ha de buscarse en los libros de los bisabuelos o, bendito progreso, en Internet.

Para estas cosas, siempre he utilizado los viejos volúmenes que afortunadamente he ido heredando. Entre ellos, la vieja Historia de España de Modesto Lafuente y Juan Valera, en su edición de Montaner y Simón de 1879, una verdadera joya historiográfica plagada de datos que hoy, por las inercias economicistas que venimos relatando, apenas se conocen, constituyendo un verdadero salvavidas para el narrador de historias noveladas. Es, además, una edición extraordinaria, con ilustraciones tan irrepetibles como la que ilustra este artículo.

Hoy, por beneficio de la red, una buena parte de esta documentación olvidada y vilmente desaprovechada vuelve a aflorar. Sin levantarnos de la silla, podemos visualizar on-line o descargar en PDF muchas de estas joyas bibliográficas. Por ejemplo, la misma Historia de Lafuente de la que les hablo, accesible en “Libros Google”; o miles de artículos profesionales, donde se puede encontrar información sobre casi cualquier cosa en “Google académico”. Toda una aventura, de la que siempre extraeremos provecho.

ELIZABETH: THE GOLDEN AGE, cine histórico, pero menos


 

La época de Isabel I de Inglaterra y la de los Tudor en general, siempre se ha mostrado muy cinematográfica, exponiendo al mundo las glorias de la primera expansión naval inglesa. Esta vez, me parece que la nueva versión de los tiempos de la Reina Virgen que nos propone Elizabeth: the Golden Age, tiene mucho más de panegírico del personaje de lo necesario. Sobro todo si esto se arbitra por contraste con un Felipe II —interpretado por el español Jordi Mollá— transido por un determinismo religioso ignorante y enfermizo, que, al parecer, le había convertido en un tipo temblón, irritable y miedoso, situado bien cerca de la debilidad mental.

Es posible que el Rey Prudente fuese un megalómano, pero desde luego su personalidad se situaba muy lejos del bobo obsesivo que se quiere retratar:”I hear. I obey. My Lord and my God” son sus primeras palabras en el guión. En realidad, la historiografía más seria suele concluir que Felipe de España era más un fatalista que cualquier otra cosa. Así describía la personalidad del Rey un embajador veneciano hacia 1557:

«Así como la naturaleza ha hecho á S. M. débil de cuerpo, así tambien lo ha hecho de ánimo algo tímido, de lo cual se vieron señales, cuando se movió la guerra con el Pontífice y el Rey de Francia; no es templado en la calidad de los alimentos especialmente en los pasteles y es incontinente en los placeres sexuales, divirtiéndose en andar de máscara por las noches aun en medio de graves negocios, y le placen mucho diversos juegos. Muestra de ordinario ser más propenso á la mansedumbre que á la ira, y así á los embajadores, como á cualesquiera que con él negocien, da señales de ánimo humanísimo, sufriendo pacientemente las calidades de las personas y las extrañas peticiones que se le hacen, satisfaciendo á todos con las palabras y con los actos. A las veces usa expresiones ingeniosas y agudas y oye con gusto gracias y donaires; pero si al comer le rodean los bufones, reprime su contento, mientras que en su cámara deja que se explaye la risa».

Aún consciente de su misión como defensor del catolicismo, Felipe sabía muy bien que el destino no estaba asegurado por eso. Se dice que apenas se inmutó en público cuando fue informado del fracaso de la Gran Armada, era algo que bien podría pasar, no le cogió de sorpresa. Tampoco sentía miedo ante la muchedumbre, al contrario, si alguna vez se hubiese congregado algún tipo de muchedumbre en El Escorial, circunstancia absolutamente imposible, no se hubiese acobardado como se refleja en la película, de hecho tenía por costumbre departir con quien se le acercaba con alguna petición tras la misa en el Alcázar madrileño. Tampoco creía en nigromantes y agoreros y, en caso de que alguna vez entonase en público alguna palabra malsonante, no lo haría repitiendo “bastarda”, “bastarda” a cada paso, eso seguro.

Por lo demás, la película se deja ver, aunque sólo sea por disfrutar de las ambientaciones de la época y de la recreación del combate naval frente a los blancos acantilados de Dover. Aunque los planos picados que muestran a cada paso el gótico espectacular de la catedral de Wells, resultan algo cansinos y el guión, que camina permanentemente de Lord Howard a Elizabeth y de ésta a Bess y Sir Walter Raleigh resulta más propio de un tefilme que de la gran pantalla.

El museo de construcción naval de Herrerías abre sus puertas


Cuando el industrioso Marqués de la Ensenada envió a Jorge Juan en misión de espionaje a Londres para que se empapase, a costa de algún resfriado,de las esencias de la construcción naval en el Medwey, puso en marcha un proyecto de arsenal que con el andar del tiempo sería “pasmo de Europa”. A fe que fue así, el proyecto ilustrado ferrolano, que hoy va camino de ser considerado Patrimonio de la Humanidad, se convirtió muy pronto en referente de la construcción naval en Europa. Un hito histórico fascinante que se verá reflejado en la exposición permanente de Herrerías que se acaba de inaugurar. Una gran noticia.

Arquitectura y magia, los mundos arcanos de René Taylor



ARQUITECTURA Y MAGIA
René Taylor (Siruela), 2006
ISBN: 8478441344. I


No es René Taylor uno de mis favoritos, siempre promete más de lo que puede ofrecer, porque esencialmente es un investigador fiel a la documentación que encuentra, así resulta difícil sorprender con noticias espectaculares. No obstante “Arquitectura y Magia” es un libro muy hermoso, excelentemente editado por Siruela, que aporta noticia cumplida y actualizada en torno a las claves “mágicas” presentes en El Escorial y la vieja polémica hierosolimitana, es decir, las posibles vinculaciones de la mole de San Lorenzo con el mítico templo de Salomón o sus posteriores reconstrucciones.

Como estos días, por la nueva novela, ya saben, ando tras los pasos de aquel pillastre fabulador que era Juan Bautista Villalpando, lo he manejado con sumo placer. Sólo por contemplar la hermosura de los grabados punto vitrubianos de aquel jesuita soñador, merece ya la pena. Y para aquellos que se muestren proclives a la defensa de una historia “B” marcada por el secreto, la magia y la ocultación, será una buena ocasión para fomentar sus gustos y reafirmar sus creencias en alquimistas, magos, nigromantes y piedras filosofales. Aunque siempre he creído que todo, de haber sucedido, termina por saberse, somos así.

Sartine según el Navegante del Mar de Papel


Una reseña se diría que exhaustiva y desde luego generosa. Es de agradecer que a uno le lean, pero si además el lector se toma el trabajo de contarnos sus impresiones, eso es impagable.

Cuando los españoles conquistaron Vietnam


La Guerra De La Cochinchina.

Cuando los españoles conquistaron Vietnam
ISBN: 8435039889
Número de páginas: 512
Autor: Sintes, Luis Alejandre;
Editorial: Edhasa

“Preciso es confesar que los franceses nos han cogido completamente de “primos” en esta ocasión, explotando nuestros sentimientos religiosos para fundar con nuestros propios recursos un magnífico establecimiento que no podían llegar a ver realizado por sí solos. No defendemos la religión, ni reivindicamos el honor nacional ultrajado, ni podemos pretender ventajas para nuestro comercio, ni esperar siquiera que brillen con gloria nuestras armas”.
Francisco de Arce, 1864.

Mi buen amigo y compañero de editorial, el general Luís Alejandre Sintes, me envía, amable como es, un ejemplar de su “guerra de la Cochinchina”. Tengo que decir que a pesar de tratarse de una obra de volumen considerable, me ha durado bien poco sobre la mesilla. He de reconocer que apenas sabía nada sobre la historia de aquel puñado de abnegados soldados españoles que se batieron el cobre junto a los franceses en los insalubres pagos del reino Annamita. Los mandaba un hombre valiente, el Coronel Carlos Palanca, cuyo sentido del honor y capacidad de mando en el campo de batalla hubiera merecido mejor suerte de la que tuvo a la hora de verse asistido por su propio gobierno desde la Capitanía General de Manila.

Ocurrió cuando los tiempos de aquella “Unión Liberal” de Leopoldo O’Donell, el jefe de gobierno decidido a “levantar España de su postración” tras la Vicalvarada, empeñado como estaba en aprovechar un período de relativa estabilidad para iniciar una cierta reactivación de la maltrecha política exterior española, con una serie de empresas ultramarinas trazadas a la sombra de las de Napoleón III. Así, en agosto de 1858, se envió la pequeña fuerza expedicionaria del Coronel Palanca a la Cochinchina (Indochina), donde con la excusa de proteger el régimen misional, se concurrió en claro apoyo de la expansión colonial francesa. Allí se encontrarían los españoles con una verdadera guerra colonial que Luís Alejandre nos narra con pasión casi cinematográfica, por él sabemos de épicas batallas en torno a las pagodas annamitas y de la existencia de elefantes de guerra artillados con culebrinas, en medio de un clima infernal donde lo único que abundaba eran las fiebres, las disenterías, los reumatismos y el temido cólera. Vamos, un sabroso capítulo más de la “épica a la española”, un puñado de hombres, olvidados y desasistidos que pese a todo obtienen éxito, marca de la casa.

Paralelamente y con la misma orientación política se intervino en 1861 en México, junto a Francia e Inglaterra, para exigir a Juárez el pago de la deuda externa de aquel país. También en 1864 se recupero Santo Domingo de forma efímera para la soberanía española aprovechando el temor de la población a las pretensiones anexionistas de Haití. Todo inútil, poco más que humo, Francia, Inglaterra y los EE. UU. caminaban hacia la construcción de sólidos imperios coloniales, nosotros veníamos indefectiblemente de vuelta.

Alejandre añade además un capítulo final dedicado a recordar al contingente médico español que, 103 años después de la partida del Coronel Palanca, acudiría de nuevo a Go-Cong, en plena guerra de Vietnam, para desarrollar su labor humanitaria. Otro episodio bastante desconocido que merece la pena recordar. En suma, una gran historia maravillosamente contada a la luz de una profusa y feraz documentación, sólo nos queda esperar la próxima, mi general.

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