Las páginas perdidas de Sartine II. El pulidor de lentes (y III)


Aquí os dejo la tercera parte de uno de los episodios suprimidos en la versión final. Ya sabéis la primera aquí y la segunda aquí.

Mostrándose cauto, obedeciendo a la leyenda que él mismo había grabado en su anillo, Baruch Spinoza abandonó sus amables quehaceres a la puesta del sol para realizar su paseo diario. Entre el viento helado y el frío húmedo del canal, confiaba en no tener que ver a nadie, la única facultad del apestado es la invisibilidad y él procuraba disfrutarla cada día. Bajo el brazo el correo para sus amigos, Christian Huygens, que le había mostrado generosamente un nuevo método para pulir lentes; Joannes Hudde, el geómetra social; Gottfried Leibniz, que se había interesado por sus progresos en la óptica; Meyer, el luterano siempre empeñado en que diese de una vez su obra a la imprenta; todos claros y cartesianos gemelos de alma. Hoy cargaba también con una carta diferente, un simple pliego de abogado, había ganado el pleito que le había puesto su hermano en disputa de los bienes de su padre, simplemente contestaba ahora que no deseaba quedarse con nada,  donándole gustoso toda su parte, tan sólo solicitaba mantener la cama sobre la que dormía  puesto que no disponía de otra, ni tenía ganas de hacerse con una nueva. Imaginó el rostro de Gabriel de Espinosa al leer aquello, el profundo desprecio que le causaría el despego interpretado como mera altanería, en fin, no podía explicar todo a todo el mundo, pocos son los que se prestan a escuchar y menos aún los que se permiten cambiar de idea de vez en cuando.

El canal, casi helado, lucía hermoso en el crepúsculo, afianzó el montón de cartas bajo el sobaco y aspiró con placer una nueva bocanada del tabaco de su pipa. Apenas cincuenta pasos le separaban ya de la estafeta. Clara María, cómo disfrutaba pensando en ella, la hermosa e inteligente hija de su mentor católico. Admiraba su discreción, su facilidad para escribir poesía, también, como no, las delicadas formas de mujer con las que soñaba cada día, imaginaba lo que podría ser yacer con aquella hembra singular, pero ella prefería a otro, era natural, corto de cuerpo y largo de cara, poco podía ofrecerle, amén de afabilidad, compañía en los naipes y buena conversación, se sorprendió a sí mismo pensando que tal vez en lo físico no significaba  nada para ninguna mujer, tal vez nunca lo habían imaginado como hombre, como amante con el que hacer algo más que conversar y sin embargo, en ocasiones ardía por dentro de deseo, como cualquiera. Decidió que algún día escribiría sobre los afectos y los celos, él creía saber como sublimarlos por la razón, pero tal vez pudiese ayudar a otros. Dobló la última esquina bajo aquel sombrío pensamiento que tan bien casaba con el paisaje invernal que venía contemplando, entonces sintió los pasos apresurados a su espalda, el fuerte golpe sobre su capa y el rasgar violento del tejido. Corrió por su vida como nunca lo había hecho, era un milagro que no le hubiesen tocado, aquel golpe terrible debía haberlo conducido directamente a un mundo mejor, pero no fue así, el abrigo de la estafeta de correos le concedió una nueva oportunidad sobre el mundo. Aquella tarde Baruch Spinoza, antes Bento de Espinosa, tomó dos decisiones, ofrecer su obra a los impresores de La Haya, Hamburgo o cualquier ciudad donde hubiese algo de libertad y abandonar Ámsterdam para siempre.

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Sartine II visita el programa “La casa de la palabra” de Radio Euskadi


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