Las páginas perdidas de Sartine II. El pulidor de lentes (2 de 3)



Como lo prometido es deuda, ahí les dejo la segunda parte de este fragmento suprimido en la versión final de la novela, el inicio, ya saben, más abajo en este mismo blog. En la imagen, detalle de los extraños contrafuertes de la sinagoga portuguesa de Ámsterdam, muy similares a los imaginados por Juan Bautista Villalpando para el Templo de Jerusalén soñado por el profeta Ezequiel.


Las traslúcidas manos del judío
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales.)

Las manos y el espacio de jacinto
que palidece en el confín del Ghetto
casi no existen para el hombre quieto
que está soñando un claro laberinto.

No lo turba la fama, ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo,
ni el temeroso amor de las doncellas.

Libre de la metáfora y del mito,
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquél que es todas sus estrellas”

Jorge Luís Borges, Soneto a Spinoza

Los pasos cortos y apurados de Ben Israel, resonaban huecos en el silencio de los arrabales de Ámsterdam, a pesar de ser julio, a aquella hora tardía el fresco húmedo que partía de los canales comenzaba a notarse hasta volverse desagradable para el ánimo, el anciano apresuró todavía más su caminar, sentía como cientos de ojos acusadores atravesaban su espalda como venablos de odio, la comunidad hebrea de Ámsterdam era un monolito de obediencia, el sólo hecho de visitar al excluido lo hacía sospechoso.

Llegó al fin hasta la casita de fachada exigua del pulidor. Baruch no le vio venir, ni parecía esperarle, el anciano lo contempló a través de la ventana aplicado a su afán geométrico y exacto, la lente sujeta al bastidor del torno, soportando la abrasión de la brea y el mordiente rojo, para entregar las necesarias concavidades y convexidades, nadie como Bento de Espinosa para obtener la adecuada curvatura, logrando de ese modo que el centro óptico y el centro físico del cristal coincidiesen como debían. Espinosa trasladaba a sus manos y a sus obras el buen orden de su cabeza. Menasseh ben Israel sintió aún más lástima por aquel desvalido muchacho, armándose de valor tocó casi imperceptiblemente la puerta de pino corriente; el pulidor, comprensivo y afable como era, salio contento a recibirle, de sobra sabía cual era la infausta encomienda que traía al maestro a su taller, pero no era cuestión de ponérselo aún mas difícil.

— ¡Maestro Ben Israel, loados sean los ojos que te contemplan! Se bienvenido —le dijo, mientras acomodaba una silla junto a la suya de trabajo y corría a escanciar dos buenas jarras de cerveza. Al tiempo que encendía una pipa, los grandes ojos de Benito de Espinosa se iluminaron con la emoción de participar al maestro sus últimos hallazgos, se trataba de no permitirle hablar inmediatamente, al menos hasta que el anciano recobrase alguna presencia de ánimo—: ¿Ya te había hablado de ese ingenio cristiano que llaman Athanasius Kircher?

—Oh, claro, posee un pensamiento tan original como en ocasiones disparatado —afirmó el anciano, resignado a dejarse llevar por el valiente pulidor.

—Bueno, ya sabrás que a menudo cruzamos correspondencia, sólo por el placer de discutir en torno a cualquier asunto que se tercie. Y mira ahora con qué sale, con la excusa de estudiar las erupciones del Etna y otros volcanes que proceden de las entrañas de la tierra, se ha inventado ex-novo todo un orbe ilusorio, un completo “Mundus Subterraneus” que sitúa en las profundidades, una especie de ejemplo que nos permita comprender mejor la realidad material que soportamos. Lo explica mezclando la existencia de vestigios y fósiles reales con otros imaginarios, como la curiosa descripción de una raza de gigantes antropomorfos que…bueno, mejor te enseño algún estudio preeliminar que me ha ido enviando, pues aún se encuentra trazando el primer esbozo de la obra, ¡son tronchantes! —Baruch se incorporó con la intención de buscar aquellos dibujos, pero el anciano le interrumpió tomándole cariñosamente del brazo.

— ¡Querido amigo!

—Ya, ya sé, mi buen Maestro Ben Israel, la sentencia ha sido Herem grave, ¿verdad? —el anciano sólo fue capaz de asentir con un leve movimiento de cabeza, mordiéndose con rabia el labio inferior en un esfuerzo inútil por no llorar—: No te aflijas por mí, te lo ruego —quiso tranquilizarle Baurch, tomando al anciano amablemente por el hombro— Al fin, ya apenas visitaba la sinagoga, mi camino es otro y ahora lo podré emprender sin ataduras, enterremos al viejo Bento de Espinosa y saludemos el libre nacimiento de Baruch Spinoza, piensa que al fin alguien querrá quizás publicar mis notas, aquellos pensamientos que abrigaba en los más profundo del corazón, animados por la lectura de tu claro pariente Leon Hebreo Abravanel[1] y todos quienes nos precedieron en el culto del amor intelectual de Dios, causa final de mi exclusión de la comunidad.

—No estoy tan seguro de eso —dijo el anciano enjugándose una última lágrima.

— ¡Vaya! Siempre había creído que Saúl Leví Morteira me detestaba por mi acercamiento a la idea de que todo cuanto es participa de la única sustancia que existe, el mismo Dios y su amor por todo lo creado.

—Sin duda tales afirmaciones no te han ayudado, pero siempre he creído que había algo más.

— ¿Más?, ¿Qué es todavía más grave que eso? — Ben Israel tomó un profundo trago de cerveza para infundirse ánimo, se sonó estruendosamente la nariz sobre la misma bocamanga y respondió haciendo acopio de toda la sinceridad que le fue posible:

—Morteira y su amigo el arquitecto alemán…

— ¿Judá León?

—El mismo. Se muestran abiertamente milenaristas, ¿no es cierto?

—Oh, claro, no viven para otra cosa, no en vano el apodo de León es “Temple” —respondió despreocupadamente Spinoza— Por los estrambóticos modelos del Templo de Jerusalén que se empeña en construir, muy parecidos por cierto a los también excesivos del español Juan Bautista Villalpando, panegirista del Escorial. Parecen creer que todo se arreglará en el mundo con el prometido regreso del Mesías, por eso aspira a tenerle preparada una buena choza para acogerle, ja, ja ,ja —rió alegremente Spinoza— en mi opinión, y confío que en la tuya también, pueden esperar sentados, pues a pesar de que la Escritura suele pintar a Dios a imagen del hombre y atribuirle alma, ánimo, afectos e incluso cuerpo y aliento, todo a causa de la débil inteligencia del vulgo, ambos sabemos que el Buen Señor no sabría qué hacer con un templo, ni como habitarlo.

—Ellos sostienen que el Mesías no regresará en tanto no se construya el tercer templo en la ciudad sagrada… ¿Y tu sabías que pretenden trasladar esos conocimientos a las obras que están por hacerse en la parte trasera de nuestra sinagoga? —le dijo el rabino tras una estudiada pausa.

—Claro que lo se, he visto sus planos, con esos enormes e innecesarios contrafuertes que pretenden emular los que dicen sostenían la fábrica del Templo sobre el monte Moira.

— ¿Y qué les expresaste entonces? ¿Lo recuerdas? —quiso saber el maestro rabínico.

—Sólo me los mostraron una vez, no lo recuerdo muy bien, pero supongo que les señalé abiertamente mis dudas sobre la utilidad de todo aquello, es más, signifiqué mi opinión de que Dios, que es el Todo, no precisa casa alguna. Aunque debo reconocer que jamás le concedí mucha importancia a todo aquel inocente entretenimiento.

—Créeme, no tiene nada de inocente, esa gente es peligrosa, soportan mal que se mofen de sus creencias.

—Bueno, igual da —dijo Baruch Spinoza encogiéndose de hombros— Por una cosa o por otra, el resultado será el mismo, ahora se que no conoceré mujer, las judías no podrán ni mirarme y las holandesas jamás lo harían. ¿Me permitirán al menos ver a Gabriel y Rebeca, mis hermanos?

—La prohibición es taxativa, me temo que no. Aunque, tal vez, si mostrases algún arrepentimiento…

—Aquel que se arrepiente de sus actos es doblemente miserable, amigo mío, pero no sientas tristeza por mí, no temo a la soledad, ahora, como te decía, podré escribir libremente.

—Guárdate, empero, de quien tanto odio manifiesta por tu persona, esto puede no haber terminado.

—Sólo el vulgo se ve superado por el miedo, maestro, no temas por mí.

*             *             *

(Continuará)


[1] Vid. Del mismo autor, El Gran Capitán Edhasa 2006. Yehudá León Abravanel, más conocido por León Hebreo. Converso, médico de profesión, filósofo, literato y consejero principal del Gran Capitán fue uno de los principales teóricos del neoplatonismo aplicado a la explicación de Dios a través del amor presente en sus criaturas, como dejó expuesto en sus: ” Diálogos de amor”.

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