Las páginas perdidas del Sartine II: 1) El pulidor de lentes


Comentaba el otro día con mis amigos del facebook que en esta ocasión, las servidumbres de edición y la búsqueda de líneas de desarrollo más o menos coherentes para llevar “Sartine y la guerra de los guaraníes” a buen puerto, aconsejaron descartar algunos pasajes. Esto pasa mucho, tanto en la literatura como en el cine. Como a muchos nos hace gracia conocer esas “tomas falsas” de un proyecto, he pensado dejarles aquí esas letras perdidas, para que quien lea la novela las tenga, o no, en cuenta a voluntad. Iniciamos hoy la serie con:

El pulidor de lentes

“No sólo es la libertad de pensamiento compatible con la paz del Estado, sino que suprimirla implica destruir dicha paz (…) Los gobiernos no deben esforzarse por convertir a los seres humanos en bestias o peleles, sino fomentar que desarrollen sus mentes y cuerpos rodeados de seguridad, empleando su razón sin ninguna especie de grilletes”.

Baruch Spinoza

Amsterdam, Províncias Unidas, julio de 1656.

Saúl Leví Morteira, rabino, cabalista y maestro de séptimo ciclo de la sinagoga portuguesa de Ámsterdam, comenzó a respirar con verdadera satisfacción,  no sin trabajo, los ancianos señores de la Mahamad reconocían al fin que las acusaciones de herejía eran veraces, Bento de Espinosa, juzgado en ausencia, debía ser expulsado de la comunidad por sus abominables pecados de acción, pensamiento, omisión y cualesquiera otros que con toda justicia pudieran achacársele, todo quedaba probado. Hacía meses que el encausado había dejado de asistir a los servicios de la sinagoga,  roto los mandamientos de la Torá y revelado sus heréticas dudas a los amigos de mayor confianza. A ojos de los ancianos había cometido Chatah[1] sin asomo alguno de duda. El grave Herem comenzaba su vigencia desde la misma puesta del sol del día 6 de Av de 5646, que es decir 27 de julio de 1656, y por toda la miserable eternidad del flaco y escurrido pulidor de lentes que había osado hablar de Yavé-Dios con diabólica e insana liberalidad, mintiendo a fe y conciencia sobre las verdades en las que con tanto mimo y cuidado se le había instruido desde la primera infancia, seis ciclos completos, tres horas cada mañana y otras tres cada tarde, tanta gramática hebrea para nada: la Torá completa, el Talmud y los comentarios exegéticos…despejado y reflexivo como se había mostrado y no le había valido para permanecer en la verdad. Menasseh ben Israel, había tratado de interceder, muy tibiamente a decir verdad, le quería y apreciaba desde niño, pero no hasta el punto de desafiar a Saúl Morteira, siempre rodeado de informadores, se decía que de sicarios y hasta asesinos, demasiado riesgo que tomar por un huérfano pobre con mala suerte para los negocios de venta y exportación de frutas. Elevado sobre su cátedra de madera tropical, tallada con el candelabro sagrado, Saúl Leví Morteira desplegó la sentencia y aplicó el Yad[2] sobre el inicio del texto a fin de no contaminarlo con sus dedos. Entonces leyó con voz de trueno que retumbaba contra las paredes de la sinagoga atestada de fieles, hombres justos que debían saber y entender:


“¡Anatematizamos, execramos y maldecimos a Bento de Espinosa, con el asentimiento de toda la comunidad sagrada, en presencia de los libros con sus seiscientos trece preceptos, y con todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. ¡Maldito sea de día y maldito seas de noche!. Maldito sea cuando duerme y maldito sea al levantarse!. ¡Maldito sea al salir de su casa y también al entrar en ella!. ¡Que el señor no le conceda jamás el perdón! ¡Que el señor descargue de ahora en adelante toda la ira en este hombre! ¡Que le colme todas las maldiciones que están escritas en el libro de la Ley! El señor aniquilara su nombre bajo el firmamento y lo apartará para su propio perjuicio.”

Luego el mayor de los silencios,  Menasseh ben Israel sintió un profundo estremecimiento en su corazón. Solicitó, y le fue concedida, la gracia de ser él el elegido para comunicar la sentencia al pulidor de lentes, sería tal vez más liviano si le participaba la desgracia un amigo fiel a la vez que, por efecto de la misma sentencia, debían despedirse para siempre.

Saúl Leví Morteira se acercó por fin hacia el lugar que había ocupado sin moverse en toda la siniestra ceremonia Judá León, llamado Temple, el alemán. Juntos Contemplaron la marcha cabizbaja del anciano hakham, el único entre askenazis y sefarditas que ostentaba junto a ellos el más alto rango en la sinagoga. Morteira apretó el brazo de Judá León con discreto afecto. El llamado “alemán” aunque era tan marrano y portugués de origen como los demás, sonrió imperceptiblemente, esbozando una mueca de difícil interpretación, aunque Morteira sabía que Temple había sido satisfecho.

*         *         *

(Continuará)


[1] Pecado, en hebreo, traducible por “tomar el camino errado”

[2] Puntero en forma de mano utilizado para seguir la lectura de los textos sacros.


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2 comentarios

  1. […] segunda parte de este fragmento suprimido en la versión final de la novela, el inicio, ya saben, más abajo en este mismo blog. En la imagen, detalle de los extraños contrafuertes de la sinagoga portuguesa de Ámsterdam, muy […]

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  2. […] os dejo la tercera parte de uno de los episodios suprimidos en la versión final. Ya sabéis la primera aquí y la segunda aquí. Mostrándose cauto, obedeciendo a la leyenda que él mismo había grabado en su […]

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