The same old history


City

Pluralitas non est ponenda sine necessitate (la pluralidad no se debe postular sin necesidad.)

Guillermo de Ockham

Hay quien aún no consigue creerlo pero el principio de economía, si se quiere de parsimonia, ayuda vivamente a manejar el discurrir. Suele acontecer que en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla acostumbra a ser la correcta. El sinuoso Edgar Hoover caminaba aún mas lejos con aquel grosero “si te lo parece, es” que condujo a tanto incauto directamente a las profundidades de los archivos de la Agencia, desde Melvin Purvis o el atribulado Robert Oppenheimer, hasta Marylin o la deliciosa Lucille Ball. Sin llegar tan lejos, Rooney Ledo sostenía desde que le alcanzaban los recuerdos la extrema validez de la navaja de Ockham. Y con esos mimbres procuraba transitar por la vida adulta tragando la mínima cantidad posible de milongas conmiserativas con las que se le pretendía sosegar el ánimo cada martes y cada jueves.
Emily le había escrito sobre el amor. Mas concretamente sobre las cualidades afectivas de su nuevo y casi resplandeciente amante. El sujeto parecía concitar en sí todos los beneficios de la creación y la buena genética. A la luz de aquella letra redonda y apretada, semejaba poseer la educación sentimental de Gustavo Flauvert, la galanura y caballerosidad de Beau Brummel, al menos la misma abnegación que Alberto Schweitzer, el vigor de un titán y la hacendosidad y aplicación doméstica de una monja de clausura. “Si además prepara razonablemente los cócteles” –se dijo, en tanto apuraba la penúltima copa de lo que demonios fuese aquello– ni Salomón en toda su gloria podría competir con tales dones y semejantes virtudes. Emily siempre conseguía conmoverle, todas las Emilys de este mudo lo hacían, pensó en emplazarla a una cita en su viejo refugio, aquel cafetín escondido donde el hirsuto propietario, el buen Dios lo siga bendiciendo, permitía fumar a la clientela; si, citarla una vez que hubiese pasado el tiempo y los humores, la general molicie, las manías, las neurosis, la mala baba y los fundamentos dudosos; llamarla cuando todo aquello hubiese ido aflorando, empañando la vida y revolviendo las tripas que aún le quedaban. No merecía la pena, Rooney Ledo imaginaba muy bien lo que Emily le llegaría a relatar entonces. En el ínterin corría el tiempo de los anhelos y eso, diablos, no tenía nada de malo.

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