De mendigos


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En el decimotercer día de su encierro trató de llevar a la práctica alguna rutina que le aliviase el dolor grisáceo que se había adueñado completamente de su ser. Encendió la televisión, se sirvió una copa, el enésimo cigarrillo; todo inútil, la apagó en seguida y regresó a su deambular de soliloquios. Trató de escribir, tan solo surgían reproches y conmiseración frente a las heridas, ni siquiera podía pensar en comer y menos aún en cocinar alguna cosa que le confortase por dentro, algo caliente, alentador, dirigido hacia un lugar recóndito, situado mas allá de los intestinos retorcidos y ahora casi inútiles. Encontró detestable la intimidad de su tristeza, lo obsceno de su desesperación. Se preguntó si le odiaba, por sus mentiras, si es que lo eran o por su debilidad, caso de ser aquella la causa última del mal general que presidía ahora la vida de todos y no halló respuesta, no había solución al dilema, solo y únicamente silencio, el tic-tac infausto del reloj del aparador, el renqueo infame del anciano cojo que parecía querer trazar surcos a pisotones a lo largo del pasillo del apartamento de arriba, tac-plac, tac-plac y vuelta a empezar, las gaviotas inmisericordes, siempre desquiciadas, gritando en el patio sombrío, el que a la mañana le siga el oscuro mediodía y luego la noche, en el que nada pase, en que la noche se alargue de mala manera y hasta la extenuación, los consejos de quien te observa con cierta suficiencia ––esta pobre…a mí jamás me ocurriría algo así, hay que ver lo desmejorada que está—. Cosas que se dicen bajo cierta natural inconsciencia, cuando nadie es nada, candidatos a lo sumo a un hoyo de dos por uno, a una negra luminaria al cabo de siniestra chimenea o aún peor, vegetales a los que hay que asear y alimentar cada día con desgana, repugnancia y asco esencial ante la podredumbre. Puestos a ser miserables como el mendigo de Sócrates, todos somos candidatos, cuestión de suerte y oportunidad; la miseria asedia a los mas conscientes, esa es la verdad y el ánima se aplaca bajo este convencimiento. Sobre el mañana nada sabemos, en todo caso será mejor que el que acecha a quien todo lo mide y calcula, pensó en dejarse ir, permitir a la vida fluir nuevamente por sus cansadas venas, tal vez mañana o pasado mañana —se dijo— pero la luz vendrá a fuerza de no esperarla.

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