Un viejo pregón literario para el día del libro


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Ocurió en 2005, una especie de confesiones literarias que, mas o menos, podría suscribir todavía hoy. Ahí se las dejo.

“De escritores y escribidores”

Sr. Concejal de Cultura, Sr. Presidente de la asociación coruñesa de libreros, señoras y señores:

Tienen que saber que pertenezco a esa generación de coruñeses que todavía conocemos este maravilloso espacio en el que nos encontramos como “el Relleno”. El topónimo “Jardines de Méndez Núñez” era para nosotros entonces una denominación más bien vacía de contenido, propia de guías turísticas y útil sólo para la orientación de foráneos más o menos extraviados. Y es que este espacio privilegiado suponía, aún supone, para todos nosotros una especie de lugar propio y encantado donde cualquier cosa podría suceder, también una
escuela de la vida imprescindible para captar como se debe las esencias coruñesas.
La mayoría de nosotros conocimos por primera vez el Relleno cuando aún nos veíamos obligados a viajar en aquellos soberbios coches de bebé de color inevitablemente azul, llenos de relucientes cromados, con grandes ruedas de goma blanca, que nos proporcionaban confort, quien lo duda, pero también una visión del mundo más bien angosta y fragmentaria. Aquí dimos también nuestros primeros pasos temblones bajo la lluvia, entonces llovía casi siempre, y conocimos por primera vez lo divertido que es dar de comer a las palomas y porqué, a veces, resultan tan enojosos los estorninos. Luego vinieron las primeras amistades infantiles, siempre las más sólidas y gratificantes, a la par que nos íbamos impregnando de aromas familiares ya perennes en nuestra memoria, ¿quien no recuerda, por ejemplo, el olor a calamares fritos que venía hasta nosotros, sugerente a media tarde, desde los fogones de aquel antiguo Copacabana de arquitectura comprometida y paredes amarillas? Bien es verdad que en general debíamos conformarnos con la merienda que nos traían de casa, ¡maldito jamón de york!, sin embargo, de tarde en tarde, mamá o la abuela cedían un tanto y nos compraban aquel mítico bocadillo de calamares, que se presentaba con el chusco extrañamente cortado al bies y bastante cicatero en su aporte de cefalópodos fritos, que venían sujetos por un palillo, casi encaramados a él, supongo que por miedo a caerse de tan débil soporte. Aún así, aquel bocadillo humeante nos parecía igualmente la quinta esencia del placer culinario. Cuando, de tarde en tarde, conseguíamos hacernos con uno de ellos, lo exhibíamos como un trofeo, como si hubiésemos conquistado el Gurugú y no solamente la fortaleza irreductible del bolso de nuestra madre.

Pero apuntaba al principio que el Relleno resulta para quien lo conoce de infante una escuela de la vida. En efecto, yo que he sido un niño más bien protegido de contingencias y arropado en todo tiempo por el sector femenino de mi familia, he de reconocer que aquí tomé contacto por vez primera con alguna de las maldades esenciales que desdoran el mundo. Recuerdo tan vivamente como si hubiera sido ayer mismo, que un mal día, con no más de 6 o 7 años, estaba disfrutando lo indecible con uno de esos paquetes de patatas fritas, también del Copacabana, arduamente conseguido tras mucho suplicar, cuando por sorpresa y sin anuncio alguno, un mozalbete de malas intenciones que pasaba a mi lado, me arrancó sorpresivamente el paquete de las manos. Luego, sin decir palabra, se marchó tranquilamente, sin siquiera mirarme. Mientras lo observaba alejarse comiéndose impunemente mis patatas, constaté ya para siempre que en la vida no todo el monte es orégano, y que hay que guardarse en lo posible de los individuos a los que gusta vivir de los demás, sobre todo si éstos se muestran empecinados y violentos.
Entre los tesoros domésticos que conservo más celosamente se encuentra una de esas cajas de cartón donde vamos almacenando viejas fotografías. Y la verdad, muchas de las más antiguas fueron hechas, naturalmente, en el Relleno. Por entonces había en Coruña dos variantes de fotógrafo, aquel que solía deambular por los Cantones o la Marina en busca de clientes, todo coruñés posee su correspondiente foto familiar paseando por los cantones, y el que ofrecía sus servicios desde su caseta anexa a la estatua de Daniel Carballo, marqués de Brambazán, aquel pequeño habitáculo que tenía un espléndido caballo tordo de cartón a la puerta que atendía al nombre de Lindo. Hacerse allí una foto con pistolas de madera pintada y un ostentoso sombrero mejicano era un ritual casi iniciático que nadie debía rechazar si no quería concitar la mala suerte. Presumo de tener una buena media docena de estas fotos en diferentes poses y actitudes, algunas ciertamente poco afortunadas, pero la más querida es sin duda aquella en que aparecemos mi padre y yo, caballeros de fortuna a lomos de Lindo, el que suscribe aún usando pantalones cortos y gorrilla de paja al estilo Guillermo Brown y él, alto, rotundo, sonriente, tan grande y tan generoso como era. Cada vez que vuelvo a contemplar esa foto, regresa a mi el dulce recuerdo de aquellos años infantiles de felicidad completa en su compañía. De mi padre conservo además de su cálido recuerdo y algunas fotos como esta, varios centenares de libros y un sextante, material para mí precioso y evocador que, seguramente, resulta ser el principal responsable de mi gusto por el oficio de escribir
Sospecho también que una parte de mi vocación literaria debió nacer aquí mismo, en algún punto topográfico situado entre el atávico monumento a Curros y la romántica estatua erigida en honor de la Pardo Bazán. A ambos los miré siempre con reverente admiración, como dioses clásicos, serenos e inalcanzables desde sus tronos de piedra. Todavía hoy en día gusto de esos espacios mágicos, siempre es para mí un placer contemplar sin prisa, mientras pasturo a los niños en el tiovivo con paciencia de herbívoro, la fuerza creativa de Francisco Asorey y lo certeramente que dio en plasmar las esencias galeguistas del autor de Aires da miña terra. Tengo para mí que este monumento, de estar plantado en alguna plaza de Paris o Buenos Aires sería sin duda de los más celebrados por la caprichosa y por veces errática crítica contemporánea.
En cuanto a la estatua de la autora de La Tribuna, he de decir que ese espacio ha sido siempre uno de mis favoritos, una escritora justamente célebre, tan elegantemente dispuesta además, entre árboles centenarios, acodada a una blanca balaustrada; bueno, siempre que me detengo allí, siento como si una mano amiga me hubiese transportado a Versalles o a Hapton Court o a alguno de esos jardines tardo barrocos de geometría de ensueño en que nos imaginábamos que vivían los personajes fabulosos de nuestros cuentos infantiles, también los bucólicos pastores de Garcilaso e incluso las voluptuosas ninfas, nereidas, oréades y dríades de Hesíodo. Fue, claro es, entre estos idílicos paisajes donde di y me dieron el primer beso, también donde, eso ya me pesa más, aprendí a dar caladas a un cigarrillo, uno de aquellos que se compraban sueltos en los carritos del regaliz.
No obstante, y a fuerza de ser sincero, no puedo achacar ni a Curros ni a la Pardo Bazán mi gusto general por la literatura y en especial por la novela histórica, tengo para mí que eso fue más bien cosa de Emilio Salgari, del cine y de los caballitos de pedales del Relleno. Aquellos jamelgos de cartón sujetos a un carrillo-bicicleta eran para los críos de mi edad las cuadrigas del circo de Antioquía, nosotros mismos éramos trasuntos de Judá Ben-Hur, todos a la vez, nunca conocí a nadie que quisiese ser el romano Mesala por mucho carro griego que tuviese. Tanto empeño le poníamos a nuestras carreras que se nos llego a prohibir la asistencia a la atracción durante una buena temporada, al parecer representábamos un serio peligro para el normal deambular del procomún, no importa, el daño estaba hecho, la literatura y la historia se habían vuelto ya referentes inevitables para mí.
Y no me arrepiento, nunca lo he hecho, en este gusto no soy desde luego el único, un simple vistazo a las listas generales de ventas señala que el género de la narrativa histórica se encuentra siempre entre los preferidos de los lectores. Si esto es así tal vez desde Walter Scott o Alejandro Dumas, en España resulta un hecho muy visible desde la célebre publicación en 1982 de “Las memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar, significativamente alabadas por Felipe González coincidiendo con su llegada al poder. Ahora algunos hechos recientes y absolutamente dispares entre sí han suscitado comentarios suficientes como para revitalizar el eterno debate sobre el género. El primero, una curiosa elección para un regalo egregio: la escogida edición de “El doncel don Enrique el Doliente” (1834) de Mariano José de Larra, el segundo, el reciente estreno de la película “Capitán de mar y guerra” basada en las novelas de Patrick O’Brian. A estas circunstancias podríamos añadir otras tantas, por ejemplo la publicación de “El caballero del jubón amarillo” última entrega de la exitosa serie del capitán Alatriste, fruto de la pluma ácida y directa de Arturo Pérez Reverte, pero tampoco es necesario insistir más en un hecho evidente. La novela histórica es un valor en permanente inflación y goza de buena salud en todas partes, véase sino las excelentes novelas creadas por Alfredo Conde (Azul cobalto) y Xavier Alcalá (Alén de nós) por poner ejemplos próximos.
Las razones de esta realidad pueden ser muchas, pero personalmente me gustan los argumentos que proceden de la experiencia. Así, por ejemplo, mi editor y amigo Josep Mengual siempre apunta a nada que se le pregunte que la narrativa histórica de éxito suele ser primero novela, es decir posee calidad literaria en sí misma, aportando además fidelidad a la historia como valor añadido. Una combinación que, en su opinión de lector voraz, tampoco se encuentra siempre. Así, abunda la novela muy fiel a la historia pero poco novelesca y la novela de discurrir apasionante pero plagada de imprecisiones a la hora de reflejar las costumbres y los modos de vivir de otro tiempo. Siendo que, en el fondo, lo que el lector pide a una novela histórica es lo que en realidad solicita de cualquier novela, un buen relato, pero además y en este caso, conocimiento sobre la vida profunda de una época.
Son, en mi opinión, certeras reflexiones que explican éxitos editoriales antiguos, desde la novela por entregas del romanticismo hasta el Sinhué del finlandés Mika Waltari o el Espartaco de Howard Fast, significativamente prohibido por el franquismo y sólo muy recientemente publicado en castellano. También otros más recientes como el ya citado de Yourcenar o el no menos merecido de Robert Graves, obtenido en buena medida a partir de la excelente versión televisiva que de su “Yo Claudio” realizó en su día la BBC. Más tarde vino Umberto Eco y “El nombre de la rosa” para disipar cualquier duda o consideración de la narrativa histórica como género menor. Desde entonces nuevos hitos han ido aparecido en este permanente discurrir para solaz de lectores curiosos. Tal vez el mejor ejemplo de lo queremos decir resida en el fenómeno mediático que ha supuesto la obra de Patrick O’Brian, en realidad el mejor continuador de la tradición anglosajona de novelas navales centradas en torno a las guerras napoleónicas, una de las más visibles glorias británicas como se sabe. De hecho, los anglosajones se aplicaron con esmero en la tarea de crear un verdadero género dentro del género histórico. Nada extraño por otra parte, ya que la narrativa histórica es per se una verdadera fagocitadora de géneros, en ella cabe lo negro, cabe la aventura, cabe la novela de personaje, la de protagonismo colectivo, la de capa y espada, y todo lo que se le quiera poner detrás, pues, afortunadamente, en una novela histórica cabe casi todo.
Así, desde la obra pionera de Frederick Marryat (1792-1848) autor de narraciones tan sugerentes como “El buque fantasma”, “De grumete a almirante” o “El perro diabólico”, podríamos recordar aquí al más conocido de sus sucesores: C.S. Forester (1899-1966), creador del inmortal capitán Hornblower, también llevado al cine, ¿quién no recuerda a aquel Hidalgo de los mares encarnado por Gregory Peck? Tras él, cabe citar la obra de Dudley Pope (1925-1997), reputado historiador naval además de novelista, productor de series de novelas de amplia repercusión como las aventuras de Ramage.
En fin, parece por lo que venimos diciendo, que rigor y amenidad son tal vez las claves de la buena novela con telón histórico, esto, como casi todo lo que se puede decir en literatura, ya lo dejó dicho Cervantes en algún lugar de la segunda parte del Quijote cuando afirma: “La mentira es mejor cuanto más parece verdadera y tanto más agrada cuanto tiene más de dudoso y posible”. Así es que, las fábulas mentirosas, según Cervantes, deben ser escritas cuidando que “admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas”
Parecida reflexión apuntaba poco después Tirso de Molina en su miscelánea “Cigarrales de Toledo” de 1621, cuando defendía que la buena narración debería consistir en “Fabricar, sobre cimientos de personas verdaderas, arquitecturas del ingenio fingidas”. Con esto siempre he estado de acuerdo, nada carga más la narración histórica que la fantasía injustificada, plagada de tipos grotescos con nombres extraños y anatomías imposibles. Sobre esto, siempre me gusta citar un párrafo de la nota de autor que presentó mi admirado Patrick O’Brian, en el frontis de su novela “La costa más lejana del mundo”, desde luego viene al pelo porque allí avisaba con claridad meridiana que su propuesta literaria narraba una historia imaginaria, pero en ningún caso pretendía presentar un asunto estrafalariamente fantástico, por eso avisaba honestamente que: “El lector no encontrará ningún basilisco que mate con la mirada, ni a un Hortentot sin religión ni modales ni lenguaje articulado, ni a ningún chino que sea cortés y tenga profundos conocimientos de ciencia, ni a héroes llenos de virtudes, siempre victoriosos e inmortales, y en caso de que aparezcan cocodrilos, el autor tratará de que no le causen pena cuando devoren sus presas”, no he encontrado en ninguna parte una mas clara propuesta de intenciones.
El mismo Jorge Edwards apuntaba hace bien poco a propósito de una documentada reflexión sobre la evolución de la novela, esa distinción no científica y sí más bien afortunada y divertida, a la que ya había hecho mención Vargas Llosa, entre escritores y escribidores. Recordaba así que habría que pensar alguna vez cuándo le dio a buena parte de la literatura actual por volverse autista, es decir, cuándo comenzó a discurrir por aquello que se quiso llamar el “espacio literario”, prácticamente desprovista de referentes exteriores, al menos si antes no se veían convenientemente distorsionados en la cabeza del narrador, para vivir parasitáriamente de sí misma.
Sin duda, la influencia casi hegemónica de dos genios creativos, James Joyce y Jorge Luis Borges, tuvo mucho que ver con eso, precipitó al mundo una cascada interminable de émulos fanatizados por un modo de hacer que en realidad es irrepetible. Una legión de verborréicos de lecturas mal asimiladas trata desde entonces de dar con la piedra filosofal de la verdadera literatura, cosa intangible y más bien huidíza, que si no sale a partes iguales del corazón y del trabajo no saldrá nunca de ninguna parte. Quiero decir que la vía del cripticismo intelectual puede, llegado el caso, disfrazar la nada, pero aún así desconozco a quien puede aprovechar tal modo de hacer, como no sea para actuar de bálsamo o salvavidas de la autoestima de los que quieren definirse como narradores malditos, especie literaria más numerosa a cada día que pasa. En este sentido, la boutade de Vargas Llosa, autodefiniéndose como escribidor en La Tia Julia defiende muy acertadamente la dignidad del antiguo y honesto oficio del contador de historias, del mero concretador de lugares, personajes y situaciones, cosa que no resulta precisamente fácil, aunque cuando se logra convenientemente consigue apariencia de linealidad y fluidez, características que las más de las veces son virtudes y no defectos, justamente por lo que vamos defendiendo.
Para muestra autorizada, no hay más que recurrir a Miguel de Cervantes, en mi opinión, escribidor y desde luego el mejor de todos ellos. En este año que celebramos por todo lo alto y como se debe el cuatrocientos aniversario del Quijote, me gustaría señalar que si algún escritor se caracterizó alguna vez por su general falta de afectación, por el desprecio de toda egolatría y de todo endiosamiento autosuficiente, fue precisamente el padre del Quijote. De hecho, este pregón que va llegando a su fin, será uno entre muchos, y más pronto que tarde será olvidado, más vale que así sea, porque el mejor de los pregones quedó ya escrito y bien impreso en 1605. Para mí, ninguno superará jamás el prólogo del Ingenioso Hidalgo, donde Cervantes, desde el principio hasta el final, se ocupa de impartir una clase magistral sobre las necedades que suelen adornar el discurso culterano hecho por obligación. Ya saben, andaba don Miguel meditabundo, pues habiendo engendrado el Quijote en una cárcel no encontraba palabras hermosas para prologarlo, ni, desclasado como era, frecuentaba por entonces condes o marqueses que pudiesen escribirle gentiles sonetos de presentación, ni tenía tampoco autores célebres que traer a docta colación, pues, como él mismo reconocía “ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé que autores sigo en él”. Hasta que el buen amigo lector le aconseja que se fabrique él mismo los elogios, epigramas y sonetos, no teniendo luego más que buscarles un padrino o autor conveniente, ya sea el Preste Juan de las Indias o el emperador de Trapisonda, con esto, algún latín buscado sin mucho trabajo, del tipo: Non bene pro toto libertas venditur auro y las usuales citas eruditas que vengan al paso, es decir, si se habla de crueldad, se cita a Ovidio, si toca asunto de encantos y hechizos, a la Calipso de Homero o a la Circe de Virgilio, y por este método sistemático, en nada, el prólogo quedaba hecho. Tenía, como siempre, mucha razón Cervantes, a decir verdad, no conozco de entonces aquí prólogo, elogio, loa, glosa o pregón que no se halla fabricado con parecidos mimbres a los sugeridos por el maestro de maestros.
Tan cierto es y tan claro me parece, que no hace mucho me vi urgido a iniciar un capítulo con obligada alusión al amor. Puesto en tal brete y, como Cervantes, no teniendo qué acotar en el margen, hice lo más sensato, recurrí al prólogo del Quijote y consulté qué se decía al respecto. En seguida pude leer: “Si tratarédes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas.” El resto fué fácil, me ocupé de buscar los “Dialoghi di amore, composti per Leone medico, di natione hebreo, et dipoi fatto christiano. (1502)” de Yehudá León Abravanel (1460-1521), más conocido por León Hebreo y allí pude leer “El amor es un espíritu vivificante que penetra el mundo entero y es un vínculo que une a todo el universo”. Dudo que exista más exacta descripción del fenómeno, así que planté sin dudar la cita al principio del capítulo y me quedé bien contento.
Por tanto, visto lo visto, sostengo que siempre conviene echar mano de los clásicos, tenerlos bien cerca y no perderlos jamás de vista porque, amigos míos, no hay nada nuevo bajo el sol. Citando una vez más al divino manco les diré solamente: “Y con esto, Dios te de salud, y a mi que no me olvide-Vale”. Muchas gracias y gozosa lectura, si es bajo el arrullo protector de este entrañable parque que hoy nos acoge, mucho mejor.

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