Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte


Georges_Seurat_031

Rooney Ledo levantó por un instante la vista de los papeles con los que llevaba trasteando buena parte del verano. Desde el gran ventanal de la casa de la playa podía observar con demasiada claridad para su gusto a los bañistas disfrutando del calor de la tarde, también a las gaviotas rondando el añil de aquel cielo increíble. Sonrió quedamente para sí, aquella gente le pareció desde la lejanía estática y profundamente irrelevante, puros semovientes desprovistos de cualquier humano interés. En cuanto a las gaviotas, resultaban vagamente decorativas siempre que no se pensase demasiado en que su única tarea en la vida era graznar desagradablemente y sobrevolar detritus, cadáveres y pozos negros.

Conocía muy bien la raíz de su mal humor, Emily había tenido que ausentarse unos días a resolver algunos negocios a la ciudad, pero eso para él nunca había representado el menor problema, siempre había presumido de autonomía y presencia de ánimo, amor a la soledad, tiempo para escribir, todas esas bagatelas de las que se suelen adornar los adultos y no obstante ahora se sentía tan perdido como quien ha extraviado sus gafas de leer, esas que se compran en cualquier farmacia y en ocasiones son lo único que precisamos para vivir con cierto confort, incluso con la mínima cuota de dignidad que se debe exigir a la providencia. No es que se mostrase irritado por conocer sus dependencias, simplemente lo estaba por su ausencia. Guardaba para sí su airosa imagen al partir, sandalias negras, abiertas y de tacón que dejaban al aire aquellos increíbles calcañares que gustaba de mordisquear sin prisa en la vida horizontal con la que se regalaban siempre que podían, también el recuerdo de su cuerpo desnudo, moviéndose ágil y cimbreante como el de una gacela a través de la casa, la manera en que disponía los trastos ante el espejo y comenzaba a maquillarse, su divina risa que le reconciliaba con el mundo, Emily, si, el espíritu mas libre que jamás había conocido, —ojalá todavía pueda quererme— se dijo, antes de regresar sin excesiva prisa a los malditos papeles.

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