De cheyennes y miserables


SmokingBogart-WikiC-Post

 

Rooney Ledo contempló con cierta prevención el sobre con ventanilla a su nombre que había depositado con cuidado sobre la mesa. Dudó si debía abrirlo en aquel mismo instante o dejarlo reposar donde estaba antes de obligarse a leer la suerte general de ignominias que con toda seguridad atesoraba el escrito que le remitían desde los juzgados. Optó por encender con meditada parsimonia un cigarrillo y exhalar un par de breves bocanadas, antes de dirigir su mirada hacia la botella de ron añejo Santa Teresa, aun sin estrenar, que Emily, siempre al cabo de cada cosa, le había querido obsequiar. Buen momento para ponerse una copa a su salud y a la de los buenos samaritanos que todavía poblaban el mundo aún a pesar de la legión de miserables que habían ido cayendo, uno a uno y como quien no quiere la cosa, en el gobierno general del país. El poder, si, ahora mas que nunca conformado por una masa informe de sujetos de ínfima catadura moral, ocupados en el único afán de salvaguardar un patrimonio mal adquirido a través del ejercicio del peor de los latrocinios. Si a costa de ello el mundo se derrumbaba, era cuestión baladí, al fin habían promulgado miles de leyes destinadas a sujetar cualquier anhelo o queja del común, convirtiendo los decretos gubernamentales en caprichosas dagas sobre el corazón del contribuyente. Gobernaban así  —se dijo, entonando un chasquido de disgusto —  gracias a la anuencia de un sistema judicial diseñado para amparar cualquier arbitrariedad que se les pudiese ocurrir y, lo que era mucho peor, siempre dispuesto a condenar a cualquier esclavo que siquiera se plantease la desobediencia ante el abuso —volvió a sonreír para decirse: “Ni Orwell lo hubiese pensado mejor”.

El caso era que tenía ante sí una carta con aspecto de multa, demanda o de algo aún peor, tal vez un despido o un requerimiento de comparecencia ante el preboste, los tipos de la camorra le requerían para cobrarle lo que fuese esta vez, como siempre, los noticiarios anunciaban que aquellos miserables andaban mal de  numerario. Recordó entonces que los cheyennes, que gustaban de llamarse a sí mismos los “seres humanos”, puestos ante tesituras de ignominia y oprobio, escupían al suelo desde la altura de sus mustangs  y entonaban una sola y única frase: “hoy es un buen día para morir”. El Santa Teresa era excelente, tanto como solía o mas, otro trago para recordar con cierta melancolía otros tiempos y otros lugares, cuando se calzaba espadón al costado y, de querer robarte, el perdulario que lo intentase debía enfrentársete de cara y dispuesto a perder la vida, mientras se le espera, piernas en aspa, hierro en guardia, por ver qué demonios desea de ti, si levantarte la bolsa, la mujer, o ambas cosas al tiempo.

Una respuesta

  1. Ains… y sin saber que habría en el pu… sobre

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