De árboles


De sobra sabía que visualizar el árbol del futuro, con sus encrucijadas a cada tanto  —si A implica que B o C y C deriva al menos en D o F y así infinitamente—, es tarea tan inquietante como inútil, pero a él le parecía entretenida la búsqueda de cierto orden cartesiano en las cosas, explicarse, aclarar los parámetros por los que se organizaba, o parecía hacerlo, su mundo de permanente ensoñación. Aquella forma de anticipar el devenir de los sucesos — qué irrelevante en el fondo puesta frente al azar de cada día— le condujo a un cafetín todavía desconocido tras la empinada cuesta que llevaba a los umbrales del malecón. Tomar allí asiento, pedir una leve comanda, café, necesario café para entonar la tensión dinamitada por el frío del otoño, pensar luego que ojalá Emily pudiese perdonarle, colegir, finalmente, que podía podar su árbol de una maldita vez, porque solo restaba un camino siquiera transitable, nada lejos de ella poseía el menor sentido y esa sería la única verdad que entonces podría asumir.

Largo es el arte; la vida en cambio corta

como un cuchillo

Pero nada ya ahora

-ni siquiera la muerte, por su parte

inmensa-

podrá evitarlo: exento, libre,

como la niebla que al romper el día

los hondos valles del invierno exhalan,

creciente en un espacio sin fronteras,

este amor ya sin mí te amará para siempre.

“Ya nada ahora”. Ángel González.

Una respuesta

  1. Tan inquietante como inútil… ¡Cuan cierto!

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