Sándor Márai, la cabal y confortable decadencia


 

 

“Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente… porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta?, como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos, y tratan desesperada e inconscientemente de esconder, de disimular. La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren en verdad… Sí, un día llega la aceptación de la verdad, y eso significa la vejez y la muerte. Pero entonces tampoco esto duele ya”. (Sándor Márai, El último encuentro, Barcelona, quinteto, ed. 2006, pág. 191)

Voy creyendo que parte del secreto de la literatura reside en contar las cosas con cierto empaque, como si nos diesen igual, por eso suelo hacerme acompañar en vacaciones por algún ruso, nada como el espíritu eslavo para liberarse de vanidades y caminar con cierta resolución hacia las cuestiones cardinales; pero esta vez un buen amigo se tomó la molestia de bajarse a la feria del libro por mí y regalarme “El último encuentro” de Sándor Márai. Bueno —pensé a la hora de dejarlo caer sobre la valija—, al fin, un eslovaco medio alemán, ex súbdito del imperio Austro Húngaro, pertenece decididamente al este, para algo me habrá de valer. A fe que así fue.

Sumergirse en la claridad literaria de Márai es descubrir cómo era el mundo civilizado antes del cataclismo de 1914. Aquellas sedas francesas ajadas por los años, las luces de bujía, la sala de fumar tras la cena, el mero hecho de vestirse de oscuro para cenar; toda aquel decadente oropel de convenciones, tantas veces denostado, parecía ocultar el secreto de la supervivencia. Años de dura educación, de adiestramiento en el dominio de las pasiones, resultaban ser de mucha ayuda cuando la vida las mandaba torcidas. Al fin, una verdad universal, aquella que defiende que sin cierto valor y el indispensable adiestramiento no hay respuestas adecuadas a los influjos externos, la misma que algunos se empeñan en descubrir hoy a través de exotismos más o menos budistas, parece que ha estado ahí desde siempre, colgada en las estanterías de los abuelos.

Marái, como Thomas Mann, algo se parecen, poseía el don de la cirugía literaria, sabía ver las raíces de la pasión en cada uno de nosotros y lo poco que, en realidad, nos influyen las cosas, fuera de tres o cuatro elementos que singularizan nuestras cortas vidas. Por ejemplo amar sobre cualquier contingencia a alguien que, por lo demás, apenas despierta algún interés en la mayoría de nuestros semejantes. Más aún, seguir amándolo aunque resulte ya absurdo hacerlo y se haya ido; cuando nos ha entregado, siempre cicateramente, mucho menos de la mitad que otros amores. Y luego sobrevivir a eso, fagotizarlo, hacer las paces con el mundo, todo un arte que se adquiere con la cultura y ciertas dosis de sincera introspección.

Hay muchos silencios en “El último encuentro”, en realidad se trata de un largo monólogo en el que habla el general y Konrád escucha, pero lo hace de una forma muy elocuente, uno siempre espera que se lanzará a dar respuestas en el siguiente párrafo y de alguna manera llega a hacerlo, aunque no como quisiéramos. No es necesario, el general parece conocer la verdad, al fin, como él mismo sugiere: “La realidad no es lo mismo que la verdad, la realidad son sólo detalles…”

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