Las alegrías del Gran Capitán


Muchos sabrán que los editores, casi siempre con buen criterio, tienden a recortar los excesos narrativos de los autores, a veces es cuestión de espacio, otras de trama y a menudo todo a la vez. Con mis novelas también suele ocurrir. Por eso de vez en cuando me gusta dejar por aquí retazos de letras perdidas, como este fragmento que cuenta los devaneos nocturnos de Gonzalo de Córdoba en la aldea de Churriana, cuando ajustaba con su amigo Boabdil las cláusulas de la rendición de Granada:

“¡Toma este enano! es un judío muy útil…¡te lo regalo!  –Muley Bauduli empujó con violencia oriental a uno de sus enanos de confianza, el hebreo Solomo Culemán, hacia el lugar que ocupaba Gonzalo, cómodamente recostado sobre unos cojines. Sin saber aún cómo, el nuevo amo y su criado llegado por los aires permanecieron ridículamente abrazados un instante que a ambos les pareció eterno. Hacía tan sólo un par de horas que Gonzalo y su incómodo acompañante el escribano Hernando de Zafra, habían llegado en el secreto de la noche a la aldea de Churriana para departir con el Sultán sobre los términos preliminares de la rendición de Granada.

Hasta entonces la cosa no había ido mal, tanto Zafra como Gonzalo habían podido eludir los muchos circunloquios y rodeos dialécticos que habían ido tramando con mano experta el alcaide Aben Comixa y el hábil visir Abdul Cacim Abdelmelik, el poderoso cadí de los cadíes, los hombres designados por Muley Bauduli para acompañarle en la batalla diplomática. No sin mucho esfuerzo, los embajadores cristianos habían conseguido arrancarles un primer compromiso, según el cual  se haría entrega de la ciudad a principios del año próximo de 1492, aunque no antes. No era un mal principio, aunque tanto Gonzalo de Córdoba como Hernando de Zafra sabían muy bien que la noticia no iba a satisfacer a sus Monarcas, preocupados como estaban por los millones de Maravedíes que iba a suponerles tanta espera a pie de las murallas de Granada. Tal dilación supondría echar mano de los diezmos y de la bula de la Cruzada, que antes se enviaba a Roma, además del empeño de parte del patrimonio real y de la suscripción de onerosos préstamos con los nobles y la Iglesia. Sin embargo, parecía que la postura del Sultán sería inamovible pasara lo que pasase, Gonzalo sabía  de sobra que Muley Bauduli temía más a sus intransigentes jueces, muecines y alfaquíes que al propio rey Fernando y además creía firmemente que al Sultán nazarí le asistían  poderosas razones para pensar de aquella manera. Abundaban en Granada  clérigos cerriles, tan cerriles como sus homólogos del Santo Oficio, muy capaces de enunciar una nueva fatwa contra el Sultán, ya lo habían hecho algunos años antes, cuando, tras los sucesos le Loja, Muley Buaduli fué juzgado como traidor por buena parte de su clero.

Tal vez el inopinado gesto de lanzar violentamente al enano contra el capitán obedecía a un nuevo intento del Sultán por distraer la tensión negociadora de los enviados de los Reyes cristianos. En cualquier caso, Gonzalo prefirió seguirle el juego a su amigo, al fin y al cabo, aquella noche se había conseguido mucho más de lo esperado:

–Si es tan útil como dices, ¿porqué te deshaces de él? y de forma tan expeditiva, además –dijo Gonzalo, una vez que había logrado desasirse de la pegajosa compañía del enano judío llamado Solomo Culemán.

–Oh…poseo muchos más, es solo una muestra de mi magnificencia –respondió con aparente despreocupación el Sultán–, sostengo que te  hará servicio porque como buen hijo de Israel sabe llevar primorosamente las cuentas de una casa y es, además, muy ducho en componer huesos y fabricar remedios para los malos humores. También en otras muchas cosas que irás descubriendo, piensa que entre los judíos no existen ociosos. Lo único que me hastía de él es que no sabe callar cuando debe hacerlo.

–No me parece razón convincente, ¿no estarás introduciendo en mi casa un traidor, verdad? –dijo Gonzalo, simplemente por expresar lo que los demás creían que iba a decir.

–¡Ja, ja! –rió Muley Bauduli– ¿y qué importaría si así fuera?, mi destino hace mucho tiempo que está escrito, ¿no se me llama con razón el de la infausta estrella? mi reino no durará más porque yo actúe vilmente con mis amigos, la Granada de los Alhamares será pronto como el humo o la niebla, que tal como viene se va y se disipa, como el rocío de la mañana, que jamás dura hasta la tarde… y en cuanto a mi persona, amigo mío, destila ya una miel mezclada con veneno de muerte.

–Mi buen Abdalláh, quitando que el término de cada cosa es la carcoma, quien duda eso, no es necesario que nos entristezcamos antes de tiempo ya que, como tu mismo dices, lo que tenga que ser será, se quiera o no –dijo Gonzalo, alentando de alguna manera la vertiente estudiadamente melodramática del Sultán– . Y claro que acepto a este criado como regalo, estoy seguro de que será tan apropiado para mi casa como tú aseguras. Te doy sinceramente las gracias –dijo resignado, en el fondo no estaba dispuesto a escuchar una nueva retahíla de lamentos a causa de si debía aceptar o no al hombrecillo, que, por cierto, había logrado ya ponerse en pie y permanecía muy quieto, observando la conversación que estaba decidiendo su suerte con sus ojos azules muy abiertos. Solomo Culemán no parecía enano del todo, sinó más bien un niño que había dejado de crecer, una especie de alemán o flamenco, por lo rubio, pero muy bajito.

Entretanto, los restantes negociadores se habían desvinculado hacía rato de la conversación y se dedicaban a trasegar con parsimonia las viandas variadas que se estaban sirviendo de cena. Incluso el adusto escribano  disfrutaba con aquel despliegue de lujo, al que parecía estarse acostumbrando muy deprisa. Como si de una cena familiar se tratase, Aben Comixa se dirigió afablemente a sus invitados y, todavía masticando ostensiblemente, les dijo en buen castellano:

–Supongo que se quedarán vuesas mercedes a pasar la noche…

Hernando de Zafra depositó sus ojillos escrutadores en Gonzalo y negó violentamente con la cabeza. Sin embargo, la respuesta del capitán resultó sorprendente para él.

–Oh, creo que será lo mejor, ya va muy entrada la noche –el de Zafra quiso protestar, pero Gonzalo le ignoró absolutamente. Le interesaba mucho pernoctar cerca de Buaduli, el Sultán siempre le sorprendía, y lo cierto es que Gonzalo se había sentido bastante solo últimamente, el escribano ya podría decir o hacer lo que quisiese, su decisión estaba tomada y bien tomada. Así que, tras despedir en buena hora al de Zafra que partió a lomos de mula hacia el real acompañado de una escolta de cortesía proporcionada por Muley Bauduli, Gonzalo se perdió tras los pasos de un sirviente entre los recovecos de la quinta de reposo del Sultán en busca de la alcoba que le habían asignado para pasar la noche.

En cuanto ingresó en la estancia, supo que había hecho bien en quedarse. El viejo Abdalláh había tenido presente su última conversación con Gonzalo y le había buscado una muy afortunada compañía. Sobre el diván de la estancia, que era también mullido lecho, le esperaba una joven de cabello negro y cuerpo generoso, tañendo despreocupadamente una especie de laúd de aire morisco. No era Fátima, pero al capitán le pareció que a primera vista se le parecía mucho. Estaba, desde luego, ante una joven hija del desierto, de piel canela y olor a jazmín. Gonzalo, temblando como un crío por la emoción contenida, bendijo su estrella.

Cuando reparó en él, la muchacha se le acercó lentamente, tomó sus manos con las suyas, las besó y le dijo en un árabe áspero y silbante, muy distinto al que se podía escuchar en Andalucía:

–Se bienvenido mi señor, estoy aquí para servirte, mi boca besa tus manos, pues reconoce en ellas el perfume del poder–. Gonzalo permaneció confuso un instante, no por que no la hubiese entendido, sabía hablar y escribir árabe con toda perfección desde su niñez, su misma aya había sido una mora de Córdoba. Sinó mas bien por lo extraño de su mensaje. En primera instancia desconocía absolutamente que algo como el poder desprendiese olor de cualquier especie y por otra parte, no creía haber acumulado excesiva cantidad del mismo en su vida pese a que iba siendo dilatada, mas bien al contrario. Algo que sí se podía decir, por ejemplo, de su hermano Alonso o de su primo Diego, el idolatrado alcaide de Los Donceles, que era por entonces el más célebre de sus familiares cercanos. En realidad, si había que hacer balance, sólo poseía un castillo pequeño y de bastante mala factura en Illora, algunos fieles y criados, unas cuantas rentas de poco valor y ahora, al parecer, un enano alemán o eslavo, respondón además. Claro que su hijita Elvira podía considerarse un tesoro, para él no había otro más preciado en todo el mundo, por mucho que estuviese empeñado Colón el buhonero en ampliarlo. Pero seguramente la mujer que tenía ante sus ojos no estaba pensando en aquella especie de riqueza. No obstante, optó por responderle para no resultar descortés, lo hizo en árabe, ya que parecía que de ese modo se iban a entender mejor:

–Creo que te equivocas muchacha, estas ante un simple capitán de frontera, no poseo ningún poder y mucho menos riquezas.

–¡Oh! sí que lo tienes, lo veo en tus ojos y lo siento en tus fuertes manos, y pronto te será otorgado más del que tu mismo puedas prever, yo lo sé –dijo la muchacha sin arredarse–. Además, el Sultán no me entregaría jamás a nadie que no fuese importante para él y para Granada –Gonzalo tampoco tenía ganas de insistir más, prefirió dejar que la muchacha le halagase cuanto quisiera, resultaba muy agradable oírla, estaba más que dispuesto a dejarla hacer.

Lo mejor del contacto carnal con las moras venía muy al principio con la agradable ceremonia del baño. Zaida, que así le dijo que debía llamarla, le condujo con extrema delicadeza a los baños de la quinta de Muley Bauduli, desiertos a aquella hora, le desnudó, ella también lo hizo, dejándose encima tan sólo los collares de cuentas que realzaban su cuello, las cintas de colores con que dominaba su negra cabellera y un gracioso cordón rojo con un cascabel cantarín que abrazaba uno de sus tobillos. La muchacha le indicó entre risas que dejase de mirarla con aquellos ojos disparatados y que debía sumergirse en la gran pileta alicatada del Sultán. Gonzalo obedeció al instante y ella comenzó a frotarle con aceites y jabones, lentamente primero, más vigorosa después. Así con cada músculo, aliviándolos de su tensión con mano experta, uno tras otro, hasta aquellos de los que Gonzalo ni siquiera tenía consciencia de poseer. Al poco rato de tan excelso tratamiento, ya no le dolía el hombro lastimado en el torneo, cuando instantes antes casi no podía moverlo. Aquella doncella era verdaderamente prodigiosa, sintió deseos de abalanzarse sobre ella y amarla hasta el fin de sus días, pero por el momento Zaida no se lo permitió. Le ordenó salir de la pileta, lo secó con cuidado y lo perfumó. Luego le indicó que la siguiera al lecho y cuando el capitán estuvo completamente tendido sobre el, la muchacha besó todo su cuerpo largamente, con la suavidad de la brisa. cuando estuvo bien segura de que su caballero no resistiría más, se dejó hacer complacida. Gonzalo creyó, como ya había creído una vez en brazos de Fátima la almohade, que había ingresado en el paraíso de los buenos musulmanes. Sin embargo, cuando se recuperó lo bastante, pudo comprobar por sí mismo que su cuerpo mortal seguía tumbado sobre un diván del palacio de Churriana. Y así, dulcemente recostado sobre el regazo de Zaida, le rogó que le contase su historia.

–Hasta que fui vendida por mi padre y entré al servicio del Sultán de Granada,  yo, señor, viví siempre  en África, entre almorávides, pero como el gran poeta Ibn Sara As–Santarini, mi sangre proviene de la tribu de los Bakr, que son árabes del desierto.

–Conozco bien a tu gente, algunos aún se dejan caer por aquí. ¿No son acaso los que aseguran aquello de: “Los pobres de entre nosotros viven de su espada, los de otras tribus mendigan”?

–¡En efecto, mi señor! observo complacida que conocéis mucho sobre el pueblo muslím.

–Así es, sólo hace falta permanecer atento a lo que sucede a nuestro alrededor. Sin embargo, he de reconocer que nunca había oído hablar de ese poeta tuyo, Ibn…

–Ibn Sara As–Santarini, mi señor. Un árabe como yo que permaneció al servicio de los sultanes almorávides. Aquellos que un día, ya lejano, gobernaron estas benditas tierras de Al–Ándalus.

–As–Santarini significa natural de Santaren, en el reino de Portugal, según creo –dijo Gonzalo, tentando a la suerte.

–Acertáis de nuevo, aunque él siempre se sintió sevillano. En realidad, este gran poeta tuvo una existencia muy triste, el tiempo conspiró contra él y le atrajo la oscuridad y la pobreza, de manera que no volaba sin caerse, ni remendaba su situación sin que se desgarrase lo que había remendado. Sin embargo, sus casidas fueron siempre excelsas –dijo ella, cada vez más complacida con el amante que le había impuesto el Sultán.

–Si es así, me placería mucho escuchar alguna de tus labios de seda –dijo Gonzalo acariciándole lentamente el arranque del cabello. La muchacha no se lo hizo repetir dos veces, todavía desnuda como estaba, tomó el laúd que reposaba cerca del diván y comenzó a recitar:

De no ser por los ojos, no habría amor,

y nuestros corazones estarían

cerrados y sin llave.

Declaran contra mí testigos de que lo amo,

y hablar de él por medio de alusiones

parece ser lo mismo que hablar con claridad.

 

Como Gonzalo aplaudió sinceramente tanto el texto como su interpretación, Zaida continuó recitando las casidas del infortunado poeta por largo tiempo hasta ver plácidamente dormido a su amante. Todavía a la mañana siguiente, quiso despertarle con un último regalo del infortunado Ibn Sara As–Santarini, antes de despedirse, tal vez para siempre:

 

Anuncian la mañana el frescor de la brisa,

la borrachera del amigo

 y la luz débil de las lámparas.

 

Hacía ya muchos años que Gonzalo Fernández de Córdoba conocía que la vida resulta en general paradójica, contradictoria y hasta tornadiza. Pero tal vez era demasiado verse arrancado del paraíso nocturno para cabalgar bajo un sol de justicia y a primera hora de la mañana en compañía de un rubicundo enano judío al que acababa de conocer. Pero así eran las cosas. En realidad, Solomo Culemán parecía tan poco complacido de su compañía como él mismo de la suya. El ánimo del capitán corría además confuso, porque antes de reicorporarse a la disciplina del campamento, debía dirigir sus pasos a sus deudos de Illora, el rey Fernando le había concedido licencia para hacerlo antes de partir para la entrevista de Churriana con el Sultán. No es que no echase de menos a María Manrique después de tanto trajín, pero también era cierto que tras semejante noche, no tenía mucho cuerpo para plantarse como si nada ante su esposa. Por otra parte, ansiaba vivamente abrazar a su pequeña Elvira, su niña de ojos negros igual en todo a él,  que, quizás, supiese ya leer las cartas que le había ido enviando.

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