Bósforo


 

“Un hombre escribe para expulsar el veneno que ha acumulado debido a su estilo de vida falso. Está intentando recapturar su inocencia, pero todo lo que logra hacer es inocular el mundo con el virus de su desilusión. Ningún hombre pondría una sola palabra en un papel si tuviera el coraje de vivir aquello en lo que cree.”

 (Henry Miller)

El Bósforo amanece delicadamente húmedo, huele a mar habitado por hombres amantes del comercio, a trasiego de siglos y a pescado peor que ordinario. Salgo a contemplar las tenues olas que envía Asia justo bajo el dosel de nuestro palacete alquilado, si me volviese hacia nuestra ventana, la cortina ondulante dejaría a la vista tu vientre generoso, donde me gusta reposar la cabeza mientras escucho tu voz eterna y todo lo que tienes que contarme, incansable Sherezade. No lo hago, hoy haré yo el café sin que siquiera sospeches que me he levantado. Planeo una larga caminata sin prisa al corazón de la vieja Constantinopla, los dorados mosaicos de San Salvador de Cora, aquí le dicen Kariye Camii, tal vez ayuden a poner en claro alguna cosa, decía Heráclito, allá desde Éfeso, que da igual el camino que recorras, porque siempre es el mismo, sea rectilíneo o sinuoso y retorcido como un maldito sacacorchos. Y no obstante, esos mosaicos de Cora, merecen ser nuevamente visitados, recuerdan al Giotto, pero son más sabios, más inmateriales, inalcanzables para cualquier mente con deseos de conocer, mucho mejor así. Tal vez luego, pasada la muralla teodosiana, demos en algún café al pie de la colina con el atildado caballero de alegre mostacho que gusta de seleccionar turistas para conducirlos, si le parece y le da la gana, a la vieja casa del poeta Nazim Hikmet, al que Neruda admiraba mucho más que yo. Pero nos llevaría a su casa, un hogar de madera pintada de añil, turco de los pies a la cabeza, es decir, oriental pero amueblado a la europea, con orejeros, lámparas de fino cristal y generosas estanterías atestadas de libros, que huelen a viejo y a sabidurías compartidas. Nazin acostumbraba a decir claras verdades como éstas:

Quién sabe, tal vez no nos amaríamos tanto
si nuestras almas no se contemplaran desde tan lejos.
Quién sabe, si el destino no nos hubiera separado
tal vez no estaríamos tan cerca uno de otro.

que, leídas junto al café y la brisa del Bósforo, me llevan a buscar nuevamente tu vientre con la mirada. Sonrío y le llamo idiota. Si, también me gustaría adquirir de vuelta una buena pipa fabricada en espuma de mar, tal vez, solo tal vez así, deje algún día esos cigarrillos que tanto te molestan. Entretanto y contemplando agradecido tu despertar, leo a Henry Miller, anoche quise indagar alguna cosa sobre placeres que les decían prohibidos, que para mí son únicamente inquietantes, pero sólo encontré la frase que, supongo, alguna vez todo escritor ha ideado: Comprendí que el libro que estaba escribiendo era una tumba en donde enterrarla… y al yo mío que le había pertenecido.” También, otra, no menos esperable, aunque necesaria para siquiera subsistir: “Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia.”

2 comentarios

  1. Qué preciosidad!

    Me gusta

  2. Bellísimo, lleno de alma

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: