Introito


El mundo novelesco no es más que la corrección de este mundo, según el deseo profundo del hombre. Pues se trata indudablemente del mismo mundo. El sufrimiento es el mismo, la mentira y el amor. Los personajes tienen nuestro lenguaje, nuestras debilidades, nuestras fuerzas. Su universo no es ni más bello ni más edificante que el nuestro. Pero ellos, al menos, corren hasta el final de su destino y no hay nunca personajes tan emocionantes como los que van hasta el extremo de su pasión, Kirilov y Stavroguin, la señora Graslin, Julián Sorel o el príncipe de Cléves. Es aquí donde nos alejamos de su medida, pues ellos acaban lo que nosotros no acabamos nunca.

(Novela y rebeldía, Albert Camus)

 

Podría decir: “me duele mucho la cabeza” y estaría casi mintiendo, lo que duele es caminar, un doloroso paso que sucede al siguiente, bajo el cielo plomizo que amenaza nieve. Copiosa nieve, copioso dolor, la arquitectura corpórea se desvanece y no me queda nada más que entregar a la vida, cuando alcance la factoría moriré y no quiero morir, tampoco puedo dejar de caminar, si me detuviese, me alcanzaría el negro manto de la noche que me ronda y entonces también, probablemente, moriría y no obstante, tampoco es que me duela tanto la cabeza, lo que duele es el tiempo que se agota y los pasos al caminar y la certeza de que el final no tardará ya. Nunca creí que ocurriría de este modo, de una forma tan simple, una manera casi urbana y burguesa de morirse, de que el final te alcance, así, caminando hacia la factoría, cuando todavía no nieva y la noche aún sólo se atisba. Creo pues que somos mortales, era una certeza, ahora es un hecho y todavía no quiero morir, por eso camino aunque duela y duele mucho ordenar a tus músculos esclerotizados que cumplan algún trasunto de orden neuronal siquiera cabalmente, pero camino, camino como un pobre bóvido herido de cuerpo y alma para saber que aún no he muerto, que los minutos que me restan duelen porque sigo vivo y toso y me río de mi propia ruina, tan lejos de todo aquello, cuando hacía calor y olía a hembra y el mundo era confortable, y me río, porque todavía puedo reírme, nadie nunca ha logrado sustraerme de la risa y su efecto balsámico, reír como un idiota que se muere, la mayor grandeza del hombre, ningún otro ser vivo es capaz de reír de desesperación y con la risa, el dolor viene y se va, es una estúpida barcarola que ya no está en ti, que resulta ajena, que importa menos que nada, como yo, como todos y como nadie. Camino pues, sobre el dolor y con la risa, allá a lo lejos alguien podría creer que he recuperado la gallardía, que va, esa la perdí en medio de los fríos y humedades del invierno de 1986, es cosa bien sabida.

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