Juan Marsé, al fin


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“Fue seguramente por aquel entonces cuando empezó a ponérsele esta escarcha rencorosa en los ojos y esta tristeza en el pelo” (de Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé)

Que a la familia le vaya bien resulta ser buena noticia si todavía se mantiene el corazón desempañado de aversión y fracaso. “No le ha ido mal” —piensa uno—“Al final, milagrosamente, no le ha ido mal” pese a la inquina institucional y el premeditado desprecio de un gobierno que ya no es el suyo, que ya no lo es de casi nadie, como no lo fue de Vázquez Montalbán, ni de Gil de Biedma, ni de Barral, ni lo será nunca de Mendoza, Arcadi o Boadella, pues no son cultura, no representan, sobre todo, a la cultura catalana. A estas alturas uno ignora ya quien será el que la represente, fuera de la decena de panegiristas del régimen amparados por gruesa subvención. Igual da, la literatura fluye a su modo y por su camino, al exacto margen de prebostes endomingados cuya cuenta corriente resulta ser directamente proporcional a lo obtuso del discurrir. No obstante, gratifica que de vez en cuando se reconozca el trabajo de quien sólo se dedica a escribir al margen de consignas e indicaciones normalizadoras. Y ocurre que Marsé, que nació Faneca y cambió de apellido en un taxi negro y amarillo el mismo día en que se dio al mundo, escribe con la intensidad del que sabe de qué va esto, de qué va, en concreto, Barcelona y las micro historias de quienes la pueblan desde Sant Gervasi al Paralelo. Tres líneas de Marsé arrojan más sabiduría al mundo que la totalidad del texto de las Bases de Manresa, esa es la verdad pese a quien le pese. Lo que importa aquí, lo que ha importado siempre, es la vida fluyendo muy dificultosamente cada día, la lucha por la existencia y el logro de un lugar al sol, incluso si se nace charnego, incluso si además se tiene la poca visión política de no avergonzarse de ello, de no comportarse como un sumiso renegado, aún sabiendo que un simple cambio en la actitud le puede convertir a uno en el mismísimo presidente de la triunfante república ilusoria de Cataluña.

Yo creo que era el curso de 1981, manejaba por entonces un ejemplar en rústica de Las últimas tardes con Teresa, ella me lo había regalado, en mi facultad también proliferaban los progres de salón, eran hirsutos, barbados, poco estudiosos y tenían la mala costumbre de indicarnos sin permiso el camino a seguir. Ahora, confortados por el poder, nos gobiernan con puño de hierro y van haciendo cumplir una por una sus visiones proféticas. Sigo sin hacerles ni caso y así me va. También estaba aquella mujer y una pequeña scooter, yo, que no soy precisamente el pijoaparte, no sabía conducirla y ella me enseñó, supe que me quería por el modo en que me rodeaba la cintura transitando a poca velocidad por el campus. En aquella ocasión, poco más o menos cuando reclinó su melena rizada sobre mi espalda, me salvó la vida, ocurre que para siempre, aún me alimento de aquel instante, ajeno como estaba a todo lo que no fuese la total y completa felicidad, fue más que suficiente. Estas cosas y cosas como estas, Juan Marsé las conoce bien y las cuenta mejor, que disfrute intensamente del Cervantes, bien merecido lo tiene.

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