Nuestro editorial en Anatomía de la Historia: Qué es la Historia hoy?


Un paseo apresurado por las raíces de la historiografía contemporánea, desde nuestro punto de vista, naturalmente.

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Salida del nº 64 de la Revista Galega do Ensino


Uno de nuestros trabajos “colaterales” en este caso la dirección de la Revista Galega do Ensino (EDUGA) ya en su número 64. A destacar la entrevista al joven cineasta gallego Iago González.

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De cheyennes y miserables


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Rooney Ledo contempló con cierta prevención el sobre con ventanilla a su nombre que había depositado con cuidado sobre la mesa. Dudó si debía abrirlo en aquel mismo instante o dejarlo reposar donde estaba antes de obligarse a leer la suerte general de ignominias que con toda seguridad atesoraba el escrito que le remitían desde los juzgados. Optó por encender con meditada parsimonia un cigarrillo y exhalar un par de breves bocanadas, antes de dirigir su mirada hacia la botella de ron añejo Santa Teresa, aun sin estrenar, que Emily, siempre al cabo de cada cosa, le había querido obsequiar. Buen momento para ponerse una copa a su salud y a la de los buenos samaritanos que todavía poblaban el mundo aún a pesar de la legión de miserables que habían ido cayendo, uno a uno y como quien no quiere la cosa, en el gobierno general del país. El poder, si, ahora mas que nunca conformado por una masa informe de sujetos de ínfima catadura moral, ocupados en el único afán de salvaguardar un patrimonio mal adquirido a través del ejercicio del peor de los latrocinios. Si a costa de ello el mundo se derrumbaba, era cuestión baladí, al fin habían promulgado miles de leyes destinadas a sujetar cualquier anhelo o queja del común, convirtiendo los decretos gubernamentales en caprichosas dagas sobre el corazón del contribuyente. Gobernaban así  —se dijo, entonando un chasquido de disgusto —  gracias a la anuencia de un sistema judicial diseñado para amparar cualquier arbitrariedad que se les pudiese ocurrir y, lo que era mucho peor, siempre dispuesto a condenar a cualquier esclavo que siquiera se plantease la desobediencia ante el abuso —volvió a sonreír para decirse: “Ni Orwell lo hubiese pensado mejor”.

El caso era que tenía ante sí una carta con aspecto de multa, demanda o de algo aún peor, tal vez un despido o un requerimiento de comparecencia ante el preboste, los tipos de la camorra le requerían para cobrarle lo que fuese esta vez, como siempre, los noticiarios anunciaban que aquellos miserables andaban mal de  numerario. Recordó entonces que los cheyennes, que gustaban de llamarse a sí mismos los “seres humanos”, puestos ante tesituras de ignominia y oprobio, escupían al suelo desde la altura de sus mustangs  y entonaban una sola y única frase: “hoy es un buen día para morir”. El Santa Teresa era excelente, tanto como solía o mas, otro trago para recordar con cierta melancolía otros tiempos y otros lugares, cuando se calzaba espadón al costado y, de querer robarte, el perdulario que lo intentase debía enfrentársete de cara y dispuesto a perder la vida, mientras se le espera, piernas en aspa, hierro en guardia, por ver qué demonios desea de ti, si levantarte la bolsa, la mujer, o ambas cosas al tiempo.

La Cataluña opresa según el “panfleto Macanaz”


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Es fama que el panfleto moderno nació en Roma cuando la primavera venía ya bien entrada en el año de gracia de 1501. En toda Italia crecía día a día el clamor contra los Borgia por su antinatural alianza con Francia. Ni siquiera el cardenal Caraffa se escondía ya. Las malas lenguas aseguraban que los epigramas contra el Papa y su gonfaloniero e hijo, César, que aparecían pegados a cada poco sobre una mutilada escultura burlesca que pronto el pueblo bautizó como “el Pasquino”, eran obra del prelado. Aquella birria de estatua había sido colocada muy oportunamente, puede que con aquel fin, en las cercanías de lo que fuera una vez el Circo Máximo, donde ahora la plebe de Roma, también los soldados del Papa, solía buscar acomodo para el estómago y vino para arreglo del espíritu.

Desde entonces se llamó “pasquín” a esa suerte de literatura breve, burlesca y corrosiva destinada a denostar a los poderosos o a sus oponentes. Hace unos años, me encontré por casualidad en el Archivo General de Simancas éste protopasquín que aquí les pongo. Entonces, el historiador Juan Pérez de Tudela, autor, entre tantas cosas, de aquel inolvidable Mirábilis in Altis, me dijo que en su opinión el documento que yo tenía entre manos bien pudiera ser el primer panfleto de la Historia Borbónica. Yo no estaría tan seguro, no obstante, sí que es un documento curioso, sobre todo porque además de constatar el descontento catalán tras la Nueva Planta, venía informado con dos notas dirigidas por el gran Melchor de Macanaz a Manuel de Vadillo, secretario de Felipe V. Allí, Don Melchor, el ilustrado, el heterodoxo, entonces fiscal del Consejo de Castilla, mostraba su disgusto por la pertinaz resistencia del Principado:

Texto del pasquín: “ El hasta que en la tierra veis hincada, junto al sepulcro y la cabecera, es señal de la muerte no vengada que de la tierra y aún del cielo espera venganza, tal según ley ordenada del mismo Dios, que quien matare, muera. Y aunque el delito hubiera sido en un desierto, tema el culpado su castigo cierto. -Nihil Inultum- “

Notas de Macanaz:

1) “Muy Sr. Mío. D. Jorge Alos ministro togado de la Junta de Barcelona me escribió la carta adjunta y el Pasquín que dice le pusieron junto a su posada…Las cuatro letras en el sepulcro que está pintado, dicen en mi entender -Aquí Iaze un Pueblo Opreso-, Toda prorrumpe en venganza, y así se reconoce el cuidado con que se debe estar de aquellos naturales…Es justo que Su Majestad le vea y que esté a la vista de las providencias que conviene dar para mantener con la política lo que se ha tomado a costa de tanta sangre…Madrid, 13 de enero de 1715. -Melchor de Macanaz-”

2) “Muy Sr. Mío…Quedamos en juntarnos el padre confesor, el primer presidente y yo sobre otros puntos en los cuales quedará esto evacuado; pues el punto del pasquín es cosa muy corta, y sí, de nuestro peso es ver que aquellos naturales están siempre en su mismo pecado. Dios guarde a V. S. muchos años, Madrid 20 de enero de 1715. -Melchor de Macanaz-” (A.G.S. Gracia y Justicia, Leg. 835).

“De nuestro peso es ver que aquellos naturales están siempre en su mismo pecado”. Decía entonces el viejo regalista, de aquel tiempo a esta parte poco  ha cambiado la copla.

De árboles


De sobra sabía que visualizar el árbol del futuro, con sus encrucijadas a cada tanto  —si A implica que B o C y C deriva al menos en D o F y así infinitamente—, es tarea tan inquietante como inútil, pero a él le parecía entretenida la búsqueda de cierto orden cartesiano en las cosas, explicarse, aclarar los parámetros por los que se organizaba, o parecía hacerlo, su mundo de permanente ensoñación. Aquella forma de anticipar el devenir de los sucesos — qué irrelevante en el fondo puesta frente al azar de cada día— le condujo a un cafetín todavía desconocido tras la empinada cuesta que llevaba a los umbrales del malecón. Tomar allí asiento, pedir una leve comanda, café, necesario café para entonar la tensión dinamitada por el frío del otoño, pensar luego que ojalá Emily pudiese perdonarle, colegir, finalmente, que podía podar su árbol de una maldita vez, porque solo restaba un camino siquiera transitable, nada lejos de ella poseía el menor sentido y esa sería la única verdad que entonces podría asumir.

Largo es el arte; la vida en cambio corta

como un cuchillo

Pero nada ya ahora

-ni siquiera la muerte, por su parte

inmensa-

podrá evitarlo: exento, libre,

como la niebla que al romper el día

los hondos valles del invierno exhalan,

creciente en un espacio sin fronteras,

este amor ya sin mí te amará para siempre.

“Ya nada ahora”. Ángel González.

De arbitristas…en Anatomía de la Historia


Margherita


 

 

La observé durante un largo rato, tuve tiempo para ello, Marguerita  hablaba cadenciosamente del pasado, lo hacía con distancia y entonación lenta, entre bocanada y bocanada de humo, la cabeza levemente inclinada sobre su hombro izquierdo, las manos recogidas sobre sus piernas flexionadas, haciendo resonar su voz profunda en el fondo de la estancia. Aquel desapego en el discurso pudiera interpretarse como indiferencia y casi olvido, pero yo ya sabía entonces que no se trataba exactamente de eso, sino de una especie de deseo  de dejar todo aquello atrás, de eliminar el lastre suficiente para tomar las riendas de la vida, completamente y para siempre. Demasiadas servidumbres acumuladas, demasiadas cesiones a las que no le habían conducido la sumisión mas o menos convencional, tampoco las inercias culturales y mucho menos la debilidad de carácter, sino una especie de extraña conmiseración que parecía sentir con los que precisan de muletas vitales para afianzarse en el camino, habitualmente a costa del ser humano que toman como inquilino. Pues bien, todo aquello parecía haberle hastiado, era un hecho, sentía la necesidad de cambiar de paredes y de asuntos, estas cosas se perciben enseguida, también de amante y seguramente de aliño indumentario. No me extrañó aquella serenidad, parecía pertenecerle desde la cuna, así que pude reclinarme sin prisa y observar sus pequeñas manos casi inertes sobre el remate de sus rodillas. Pensé entonces que era deliciosa, que podría dedicar el resto de mi tiempo a prospectar cada ángulo, cada pliegue de su piel, recordándole de ese modo, si eso fuese realmente necesario, que no lo sería, que estaba lista para vivir al amparo de la verdadera libertad, donde no hay placeres prohibidos, pero tampoco obligatorios, sabiendo que los malditos reproches deben quedar a beneficio de inventario, hundidos en la misma miseria que un mal día pretendieron diseminar.

Goa in our minds


Hemingway: ¿Ha hecho el amor con una auténtica gran mujer?

Gil: La verdad es que mi novia es bastante sexy.

Hemingway: ¿Y cuando hace el amor con ella siente una pasión bonita y veraz, y al menos en ese momento pierde el miedo a la muerte?

Gil: No, no suele ocurrirme…

Hemingway: Creo que el amor que es veraz y real crea una tregua con la muerte, la cobardía viene de no amar o no amar bien, que es lo mismo. Y cuando el hombre que es valiente y veraz mira cara a cara a la muerte como cazadores de rinocerontes que conozco, o Belmonte, que es valiente de verdad; como aman con suficiente pasión apartan a la muerte de su mente, hasta que vuelve como hace con todos los hombres, y es hora de volver a hacer el amor de verdad. Piénselo bien.

Del guión de Midnight in Paris, Woody Allen

Cuando el mundo se vuelve insalubre, solo resta determinación, algo de yerba con la que trazar elegantes tirabuzones en el aire y ese licor áspero, a pelo, que ahora parezco ser capaz de trasegar, cuando nunca antes había podido soportarlo. Sabemos de ciertas dicotomías, dejando bien aparte a cretinos sin remedio, el género humano se articula entre zorras y erizos; tú y yo, que tenemos piel suntuosa y una larga cola en forma de penacho,  vamos sabiendo muchas cosas, trazamos planes, desplegamos argumentos, pasamos de entelequias a hechos, porque fuera hace frío y nos atormenta el desasosiego del mediano pasar. Ya que el mundo se derrumba, es tiempo de buscar nuestro Goa, la playa, el sombrajo y un buda de papel maché presidiendo nuestras charletas. Allí, seguramente, repetiré como un mantra lo que siempre he querido decirte, eres una auténtica gran mujer y yo, ciertamente, no preciso de nada mas para burlar a la muerte siquiera un instante, así, hacia la puesta del sol mas rojo, redondo y poderoso de la tierra.

Sándor Márai, la cabal y confortable decadencia


 

 

“Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente… porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta?, como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos, y tratan desesperada e inconscientemente de esconder, de disimular. La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren en verdad… Sí, un día llega la aceptación de la verdad, y eso significa la vejez y la muerte. Pero entonces tampoco esto duele ya”. (Sándor Márai, El último encuentro, Barcelona, quinteto, ed. 2006, pág. 191)

Voy creyendo que parte del secreto de la literatura reside en contar las cosas con cierto empaque, como si nos diesen igual, por eso suelo hacerme acompañar en vacaciones por algún ruso, nada como el espíritu eslavo para liberarse de vanidades y caminar con cierta resolución hacia las cuestiones cardinales; pero esta vez un buen amigo se tomó la molestia de bajarse a la feria del libro por mí y regalarme “El último encuentro” de Sándor Márai. Bueno —pensé a la hora de dejarlo caer sobre la valija—, al fin, un eslovaco medio alemán, ex súbdito del imperio Austro Húngaro, pertenece decididamente al este, para algo me habrá de valer. A fe que así fue.

Sumergirse en la claridad literaria de Márai es descubrir cómo era el mundo civilizado antes del cataclismo de 1914. Aquellas sedas francesas ajadas por los años, las luces de bujía, la sala de fumar tras la cena, el mero hecho de vestirse de oscuro para cenar; toda aquel decadente oropel de convenciones, tantas veces denostado, parecía ocultar el secreto de la supervivencia. Años de dura educación, de adiestramiento en el dominio de las pasiones, resultaban ser de mucha ayuda cuando la vida las mandaba torcidas. Al fin, una verdad universal, aquella que defiende que sin cierto valor y el indispensable adiestramiento no hay respuestas adecuadas a los influjos externos, la misma que algunos se empeñan en descubrir hoy a través de exotismos más o menos budistas, parece que ha estado ahí desde siempre, colgada en las estanterías de los abuelos.

Marái, como Thomas Mann, algo se parecen, poseía el don de la cirugía literaria, sabía ver las raíces de la pasión en cada uno de nosotros y lo poco que, en realidad, nos influyen las cosas, fuera de tres o cuatro elementos que singularizan nuestras cortas vidas. Por ejemplo amar sobre cualquier contingencia a alguien que, por lo demás, apenas despierta algún interés en la mayoría de nuestros semejantes. Más aún, seguir amándolo aunque resulte ya absurdo hacerlo y se haya ido; cuando nos ha entregado, siempre cicateramente, mucho menos de la mitad que otros amores. Y luego sobrevivir a eso, fagotizarlo, hacer las paces con el mundo, todo un arte que se adquiere con la cultura y ciertas dosis de sincera introspección.

Hay muchos silencios en “El último encuentro”, en realidad se trata de un largo monólogo en el que habla el general y Konrád escucha, pero lo hace de una forma muy elocuente, uno siempre espera que se lanzará a dar respuestas en el siguiente párrafo y de alguna manera llega a hacerlo, aunque no como quisiéramos. No es necesario, el general parece conocer la verdad, al fin, como él mismo sugiere: “La realidad no es lo mismo que la verdad, la realidad son sólo detalles…”

Deconstruyendo a Stendhal


“No tienes que representar ningún papel conmigo, Steve. No tienes que decir nada ni hacer nada. Sólo silba. ¿Sabes silbar, no? Juntas los labios y soplas”

Lauren Bacall a Bogart en Tener y no tener (To Have and Have Not)

Hoy, cosa de diletantes, te cuento de los desvanecimientos sufridos por Stendhal en  la Santa Croce de Florencia; cuando allí ante el monumento al Dante, contemplando la belleza que le rodeaba, temió perder el sentido. Algún psiquiatra aburrido le dijo luego síndrome al azoramiento momentáneo, bien de Stendhal, bien de Florencia, eso va en gustos. Y si, de paso que contemplo sin prisa el campanile que guarda amablemente nuestros secretos, observo, procurando que no repares en ello, ese encuadre de tu rostro acotado por el arranque de la ceja y la curva de tu pómulo. Allí lucen libres las aguamarinas con la intensidad y la largura que Sandro Botticelli imaginó una vez en la mirada inmortal de Simonetta Vespucci; concluyo que siendo el que suscribe un punto neoplatónico, no es difícil comprender a Stendhal, en absoluto, lo difícil ahora es convivir con este instante y continuar con todo lo demás como si en realidad importase cualquier cosa fuera de ti.

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