Al salir de cenar había una luna llena, alta y enorme recortándose junto al campanario, también el sonido acompasado de nuestros pasos sobre el empedrado, cuando nos dábamos calor con las manos. Vino el abrazo necesario como el respirar en el silencio de la plaza, gesto cotidiano para muchos, evidencia de dolor para nosotros. Y fue así que nos alcanzó la certeza de haber hallado —tan a destiempo, tan lejos de planes y cronologías— lo imprescindible. Podrán, entonces, continuar los siglos su mortal cadencia, pero yo se que eres tú y tu sabes que soy yo. Frente a toda contingencia nos hemos hablado para siempre, nunca nada será, siquiera por asomo, tan confortable, tan cierto como la luz de tus ojos y el ceñir de tu cálida cintura. Llevo presente tu voz y la consciencia de haber sorteado a la fortuna por una deliciosa y maldita vez.
Fotografía de José Luis Pardo Caeiro
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