Hablando de Alvar Núñez Cabeza de Vaca en Tiempo de Historia


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Skin


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“La inteligencia es una cualidad humana que no admite falsificaciones, y en cuanto tus ojos se habituaron al resplandor de su belleza, comprendiste que aquella mujer poseía talento, las mejores facultades mentales con que te habías encontrado.
Paul Auster. Diario de invierno

Días de urgencias y afanes. Semanas en las que parece que apenas sale el sol, cuando todos los seres impertinentes que pueblan la tierra parecen empeñados en visitarte, en incomodarte, en demandar que tu atención repare en cientos de asuntos banales, asuntos zafios, irrelevantes como sus trasmisores, fútiles como el gobierno; elementos contingentes de la vida de los que siempre podrías prescindir, cosas del mediano pasar y la monserga pestilente de cada día. Toda esa mierda que procura envolverte sin mesura ni piedad; esos sujetos que no saben qué hacer con su maldito tiempo y ocupan, inmisericordes, el tuyo. Y tu piensas, claro que lo piensas, aquello del maestro Calderón…sueño que en un estado mas lisonjero me vi…lo dices sin ansia ni rencor, solo con sana, vivificante, melancolía. Has llegado a una edad mas que madura, te sientes bien, con cierta razonable plenitud y anhelas su piel. Ruegas por que se te permita hallar el instante posible a su vera, en absoluta desnudez, con cien horas por delante y su olor, cálido, nítido y diferente embargándolo todo. Deseas que te hable durante largas horas, que te cuente de sus anhelos, de sus infiernos personales, de sus ansias de paz y placer. Deseas sentirla, olerla junto a ti y contemplar su belleza, desea sorprenderte con su éxtasis una y otra vez, deseas extenuarla, extenuaros juntos y volver a reír y volver a escuchar todo lo que tiene que contarte. Sabes que es imprescindible porque te habla como si lo hiciese para sí misma, sin reparo ni vergüenza, sabes que puedes amarla sin límite ni fin, sabes que la deseas, que la portas en tu espíritu aunque la hubieses besado toda la noche; nunca te colma ni te sacia; cada día sus ojos, a veces empañados por la misma vida, te recuerdan el valor de lo imprescindible; entonces sonríes para ti, chasqueas los labios quedamente y disfrutas de tu secreto en tanto el imbécil que viene de franquear tu puerta te increpa con saña mañanera y -genial conclusión-, te informa puntualmente de que el gobierno es inútil, romo y mas bien fragmentario; le das las gracias por alertarte de extremo tan relevante.

Hablando sobre la guerra de los Treinta Años en el programa Rojo y Negro


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De círculos


Coffee

“En aquellas horas de amargura en que su vida se quebraba comprendió el valor del amor de una mujer. ¡Una mujer! sólo ella puede querer a un hombre pisoteado por botas de hierro. Allí está él, cubierto de escupitajos, y ella le lava los pies, le desenreda el pelo, acaricia sus ojos que se han vuelto apáticos. Cuanto más le han destruido el alma, cuanto más repugnante se ha convertido y más despreciable para el mundo, más querido es para ella. [...] No todas las mujeres con las que te acuestas pueden ser tu mujer”.
Vasily Grossman: Vida y destino, parte tercera capítulo 44.

Emily abusaba en ocasiones del discurso circular, verbalizaba sus pensamientos y razones, los pros y contras de cada asunto, trazando eternas espirales de racionalidad en cadenciosa exposición. Analizaba una y otra vez cada aspecto del asunto sin hallar el acomodo perfecto para los conceptos; iba y venía a través de términos extraídos de no se sabía qué profundidades del intelecto sin encontrar apenas satisfacción. Le podían la intuición y el sentimiento, también la ira, la risa y la decepción; apenas resuelto un dilema encontraba mil razones para desechar la solución. Trepaba por el pensamiento como si discurriese por una cinta sin fin y, ya exhausta, tomaba lo menos malo con un gracioso mohín y apuraba el último sorbo de su café antes de llamar por teléfono al destino de sus diatribas. En algún momento del previsible proceso, Rooney Ledo procuraba mostrarse atento y asentir con la cabeza para que Emily lo fuese dejando buenamente en paz. Era entonces, poco mas o menos, cuando se permitía entornar los ojos y procuraba refugio en la escucha cadenciosa de su profundo tono de voz. Se sentía entonces transportado a la seguridad del útero materno, a la húmeda calma de la mujer esencial, a la paz inmensa que proporciona saberse en el lugar adecuado, junto a ella, a su vera y al socaire de la gélida cotidianeidad a la que había sido acostumbrado. Era entonces, poco mas o menos, cuando rogaba a la providencia que Emily continuase hablando un poco mas, que le hablase para siempre, que nadie, nunca, les interrumpiese jamás. No todas las mujeres con las que te acuestas pueden ser tu mujer.

Hablando de judíos y conversos en el programa Rojo y Negro


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Hablando de las misiones jesuíticas del Paraguay en “La otra mirada” con Alejandro Sánchez


La otra mirada

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“Sartine y la guerra de los guaraníes” presentada en el contexto de las jornadas de Novela Histórica de Granada


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